sábado, 29 de enero de 2011

Re: [uniendo letras:44019] Microrrelato: Cual la rosa encendida 14

Ja, ja, ja.

El 29 de enero de 2011 21:54, EMILIO MEDINA MUÑOZ <parapapa240143@gmail.com> escribió:
¡ uf, que poquito le ha faltado...!

Continuemos...



El 29 de enero de 2011 18:30, silvia paton cordero <silviapaton@gmail.com> escribió:
 
 
 
 

XIV

 

Como el baile en la casa del vizconde de Castellón (sobre el que no tengo nada más que reseñar) ya había tenido lugar y les había resultado algo tediosa la espera posterior a nuestros amigos, enseguida retornaron a sus casas. Estefanía, que no estaba muy por la labor de permanecer encerrada el resto del día en su morada, decidió dar un paseo a caballo, por lo que salió temprano para dirigirse a un bosque que había a la salida de la ciudad de Madrid. En aquel lugar, a su asueto y gusto, dio alguna que otra vuelta, y pasó gran parte de la jornada, aun en soledad (cosa insólita en la época, puesto que las mujeres solían acompañarse de doncellas o de otras personas.), sin miedo a que ningún extraño perturbase su excursión.

En tanto que la joven cabalgaba en un potro de capa castaña, casta española y porte sobrio, escuchó cierto ruido a sus espaldas y aguijó a su rocín con el látigo, hasta situarse lejos de su enemigo. De vez en cuando, mientras corría, volvió la cabeza para comprobar si alguien la seguía u osaba vigilarla de manera indiscreta; mas, como entrevió en aquel roquedal únicamente sombras y un viento que principiaba a soplar de manera huracanada, puso luego a su caballo en paso de trote, sosegando así su espíritu y su ansia agitada. No llevaba ni un minuto en esta disposición más tranquila, cuando oyó el crujido de una rama y el relinchar insistente de un caballo a lo lejos. Aquello la asustó tremendamente y no le quedó por ello más remedio que fustigar nuevamente a su caballo y disponerse a cabalgar.

En esta ocasión estuvo segura de que alguien la perseguía, pues atisbó una silueta detrás de ella, una sombra negra sobre un rocín blanco que no cesaba de hostigarla. Como quiera que fuese, mantuvo la carrera hasta que llegó a un prado donde su animal se encabritó y estuvo a punto de tirarla: aquella bestia estaba fatigada de tanto ejercicio y no quería correr más de lo que ya estaba haciendo. Así que a Estefanía no se le ocurrió otra cosa que apearse del jumento y encarar a aquel que la perseguía con todas las de la ley.

En cuanto lo vio acercarse, se atrevió a gritarle:

-¿Quién sois? Nada malo os he hecho para que perturbéis mi paseo con vuestra obstinada persecución. Mi virtud está en juego y mi dignidad; decidme al menos cuál es la causa de vuestro empeño.

El caballero se despojó de su sombrero de fieltro, que portaba una pluma negra en lo alto, y se acercó a la dama con cortesía.

-No os persigo, señora mía- dijo de pronto.

La voz de aquel individuo le resultaba familiar, aunque, pese a ello, se mantuvo alejada del recién llegado.

-¡Don Manuel!- exclamó al verlo de cerca-. ¿Vos por aquí? ¿Qué deseabais?

-No debéis temerme, Estefanía. Salí a dar un paseo y… simplemente os encontré.

Enseguida se dirigieron caminando a un soto cercano. Los dos jóvenes se acomodaron sobre la muelle hierba mientras un suave viento de primavera soplaba jugando entre sus cabellos y ropas. Estefanía traía un traje de amazona de fino tafetán y tul, mientras Manuel iba vestido con algo que asemejaba a algodón ligero y sutil.

-Señora- habló el burgalés-, vos sois causa de la tristeza de mi corazón.

-¿Tal soy?

-Sí; porque os amo.

-¿Vos también?

-¿Cómo que también? ¿Acaso hay otro?

-No me hagáis caso. ¡Necedades de los pensamientos! Estaba yo imaginando que…

-¿Qué?- inquirió don Manuel abalanzándose sobre ella.

Sus besos efusivos alcanzaron por todas partes a la joven, que luchaba inútilmente por librarse de aquel hombre vehemente.

-¡Manuel, Manuel, dejadme! Usted sabe que no soy de esas.

Con los labios sobre el enhiesto cuello de la joven, blanco como el de un cisne, Manuel permaneció en silencio, mas no se apartó de ella ni permitió que huyera de allí.

-Sois tenaz, don Manuel.

-¿No se tiene por tenaz todo hombre enamorado? Vos habéis de ser mía y lo seréis; téngase por testigo el Cielo, que todo lo ve.

Estefanía quiso soltarse de las manos que la apresaban; mas, igual que la paloma que aletea entre las garras del halcón, tal era de inútil el intento de esta desesperada muchacha.

-Por mi honor, Manuel- le rogó-. ¿Qué pensáis que dirán de mí después de esto?

-¿Quién ha de saberlo?

-La gente espía hasta en los lugares más insospechados.

-¡No me digáis! Mas… no habré de soltaros sino con una promesa.

-¿Cuál?

-Que me juréis ser mi esposa.

-No puedo prometeros eso.

-¿Por qué?

Estefanía consiguió por fin zafarse de su opresor y alcanzar a su caballo, que se encontraba atado a uno de los álamos. Lo desató como pudo, pues le temblaban las manos, y se escapó a todo correr de aquel desgraciado lugar. Don Manuel, que no era hombre de vano empeño, montó también su rocín y se empeñó en perseguirla; aunque ya era tarde. La figura de la joven, como si de un fantasma se tratase, se perdió en el horizonte.

 

 

 

 

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