XVI
El peinado elevado, aunque no incómodo de Catalina, se había engalanado en aquella ocasión con pequeñas flores y cintas de diversa procedencia que hubieran causado la envidia de los Campos Elíseos. No obstante, y no me cabe duda de ello, la más hermosa era Estefanía, vestida a semejanza de los cuadros de Reynolds o de Gainsborough, que tan de actualidad estaban por entonces.
Así que, bien pertrechada y con la moda al uso, Catalina se sentó al clavicordio y comenzó con una selección de obras de Scarlatti, Couperin, Bach y el padre Soler; si bien tocando alguna pieza de Haydn, Boccherini o de otros músicos neoclásicos de aquellos cambiantes tiempos.
Por otro lado, los ojos del burgalés, Don Manuel Gavater, duque de Miranda, no se apartaban ni un segundo de la inocente Estefanía que, principiando alguna conversación con los tertulianos allí presentes, se sorprendía y exasperaba por tanta insistencia. Sin poder evitar su sonrojo momentáneo, bien es cierto, Estefanía se tapaba con un abanico tratando de calmar la insistencia de su pretendiente; Jacobo Nolasco, por otro lado, los vigilaba de cerca, celoso y furibundo como buen enamorado, siempre avizorando lo que sucedía entre ambos. No ocurría lo mismo con don Mauro Leda, que parecía transido por la música de Nebra, proveniente de las líricas manos de la gentil Catalina. Mas no era amor lo que despertaba en el conde la jovial burguesa, sino admiración por la fragilidad con que tañía aquel instrumento; Catalina sabía cómo arrancarle a cada nota un sentimiento melancólico o un lamento que hacía estremecerse hasta al más notable. Incluso don Ireneo, con su chocolate en la mano, había olvidado su carrera religiosa para deleitarse con la sutil música pagana.
Mas ¿acaso no habían sido grandes religiosos músicos y artistas? ¿No fue Vivaldi, el "Prete rosso", un magnífico concertista o el padre Soler un virtuoso en sus Sonatas? ¿No escribió Feijoo uno de los mejores tratados de la época con su "Teatro crítico" o el padre Isla fabulosas novelas? Excelsos lugares del XVIII fueron copados por gente de religión y, sin embargo, nadie los excluyó por ser curas, padres o como quiera que se les denominase; todos ellos supieron quedar entre los más renombrados sin perder un ápice de su honradez ni de su "savoir faire" (saber hacer).
Notando pues, Estefanía, que el padre se estaba distrayendo con aquel recital tan ameno, se giró hacia él y le habló así:
-¿Se divierte, vuestra merced?
-¡Y cuánto!- expuso sin dejar de mover la rodilla al compás de la música.
-Ese es el padre Soler- susurró la joven a oídos del párroco-, un grandísimo músico español.
-Ya lo sé, hija mía- contestó el otro sonriendo-. No me he perdido ni una sola de sus piezas.
-¡Suenan casi a profanas!- señaló la joven en un impulso no premeditado-. Perdóneme, vuestra excelencia, si le he ofendido. No pretendía…
El cura la miró estupefacto; había dejado de mover las rodillas, pero aún así continuaba sonriendo.
-No; si tienes razón. ¡Mas profano que el padre Soler no puede haber nadie!
Y a punto estuvo de soltar una carcajada allí mismo, de la risa que le dio; mas se contuvo como pudo: el solo hecho de levantar la voz suponía interrumpir aquel espectáculo que tan deleitoso resultaba.
-¡Ah, don Ireneo!- explicó ella-. Pues le confiaré a usted, sobre los músicos, que los de ahora no son igual que los barrocos, ni mucho menos. A mí me gustaba más Vivaldi que no ese Haydn que tanto interesa ahora.
-Sea- repuso el párroco-. Mas cada uno tiene su gracia; Dios los escucha a todos.
-Un día- comentó-, si usted tiene a bien pasarse por nuestra humilde morada, cantaré para usted y algún otro invitado varias arias de Haendel; ya sabe, el alemán.
-¡Bellos oratorios! Mas, pequeña, hablando de otra cosa, ¿no deberías ya escoger a tu esposo? Mira que los pretendientes que tienes son unos cansados, por no decir cansinos.
Estefanía guiñó al párroco mientras abría ostensiblemente su abanico.
-¡Ea- repuso-, déjelos que sufran! Usted sabe que si me quitan a mis pretendientes me quitan mi diversión.
-Sí, Estefanía- comentó el párroco-; mas toda diversión debe tener su fin. Además, tu padre comienza a tener achaques y se queja de continuo de las penurias que pasáis.
-Ya- titubeó ella-. El caso es que tiene bien oculto que nosotros fuimos nobles en otro tiempo. El título de marqués de Alcalá se ha quedado traspapelado en el fondo de una gaveta, entre otros papeles viejos, ya que sus derechos fueron vendidos a un bajísimo precio.
El religioso no supo qué responder. Miró a la joven atónito y esperó a que ella continuara con su argumentación.
-Sí, sí, no me mire de ese modo- refunfuñó ella-. Somos marqueses, aunque solo de título. La ruina de mi familia, unas generaciones antes de la mía, nos llevó a convertirnos en pobres y luego en burgueses; tal y como nos conoce vuestra excelencia.
-No sabía nada. ¿Y tú padre? ¿Qué opina al respecto?
-¿Qué va a decir? Se lamenta de su suerte y maldice el título con todas sus ganas. El papel no es más que papel, y el dinero dinero. Y como dijo Quevedo, que era muy ducho en estas cuestiones, "poderoso caballero, don Dinero". ¡Bien ha podido y pudo comprar el recato y las distinciones de los Amlier!
-Bien hablado- sentenció el religioso bajando la voz para no ser oído. Pese a todo, aquel mismo hombre continuó conversando sin apartar la mirada de la persona del duque-. ¿No os resulta agradable?
-¿Quién? ¿Don Manuel?- preguntó ella cuchicheando-. No está mal; mas mi gusto lo tengo puesto en otro. En Jacobo Nolasco.
-¡El burgués!
-¿No soy yo acaso burguesa?
-Ahora bien, ¿piensas casarte con él?
-Pues claro. ¿Qué habría de hacer si no?
Don Ireneo frunció el ceño; desconfiaba del afecto de la joven, que podía llevarse más bien por el interés que por la afinidad.
-Pero… ¿estás enamorada, hija mía?
-Sí, padre.
-Si tú así lo afirmas, con eso me conformo.
Sonó la música un par de acordes más. Las finísimas notas parecían brotar con un espíritu constante, ingenioso, que supiera plasmar la belleza del ánimo. Entusiasmados por el concierto, los asistentes aplaudieron a rabiar a Catalina Amlier, que se inclinó en un par de ocasiones para agradecer al público su buena acogida.
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