viernes, 25 de noviembre de 2011

[amro] EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS

 
 
EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS
 
Desde la ventana de un casucho viejo abierto en verano cerrado en invierno por vidrios verdosos y blancos espesos   una Salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientras la costura mezcla con el rezo ve todas las tardes pasar en silencio a los seminaristas que van de paseo.
 
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje negro que la beka roja que ciñe en su cuello y que por la espalda casi rosa el suelo. Un seminarista entre todos ellos,  marcha siempre erguido con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto.
 
Él solo a hurtadillas, con el recelo de que sus miradas sean observadas por los clérigos, vislumbra a lo lejos a la Salmantina de rubio cabello. La mira muy fijo con mirar intenso y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tarde va pasando el tiempo y muere el estío y el  otoño luego y vienen las tardes plomizas de invierno.
 
Desde una ventana del casucho viejo, siempre sola y triste rezando y cociendo una Salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio a los seminaristas que van de paseo, pero no ve a todos, ve solamente a uno de ellos: al Seminarista de los ojos negros. Cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa a la niña que le pide aquel cuerpo de marciales arreos.
 
Cuando en ella fija sus ojos  abiertos, con miradas de fuego parece decirle:
 
- Te quiero, te quiero, yo no he de ser cura, yo no puedo serlo. Si no soy tuyo, me muero, ¡me muero!
 
A la niña entonces se le oprime el pecho. la labor suspende y olvida los rezos, solamente vive en su pensamiento, el Seminarista de los ojos negros.
 
En una lluviosa mañana de invierno, la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cantos, también fúnebres rezos. Por la angosta calle pasaba un entierro, un seminarista sin duda era el muerto, pues cuatro llevaban en hombros el féretro, con la beca roja y encima cubierto.  y sobre la beca el bonete negro. Con sus voces roncas cantaban los clérigos. Los seminaristas iban en silencio siempre en las dos filas hacia el cementerio, como aquellas tardes al ir de paseo.
 
La niña angustiada miraba el cortejo, los conoce a todos a fuerza de verlos. Sólo uno, sólo uno faltaba entre ellos: El seminarista de los ojos negros.
 
Corrieron los años, pasó mucho tiempo y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo  mientras la costura mezcla con el rezo recuerda, recuerda triste por las tardes, mientras la costura mezcla con el rezo a su seminarista de sus ojos negros.

 Juan Morales Martinez

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito al grupo "amigosyromances" de Grupos de Google.
Para publicar una entrada en este grupo, envía un correo electrónico a amigosyromances@googlegroups.com.
Para anular tu suscripción a este grupo, envía un correo electrónico a amigosyromances+unsubscribe@googlegroups.com
Para tener acceso a más opciones, visita el grupo en http://groups.google.com/group/amigosyromances?hl=es.

No hay comentarios:

Publicar un comentario