sábado, 27 de agosto de 2016

[ † ] Domingo por la Santísima Trinidad. 28/08/2016. Excepto causa grave, no asistir a Misa dominical es pecado GRAVE (CIC 2042, 2181; Mt 16, 18-19; Ex 20,8-10; Tb 1,6; Hch 20,7; 2 Ts 2,15). Precepto (desde los 7 años): Misa ENTERA. Víspera del Domingo comienza

JA

JMJ

Pax

El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla, será engrandecido

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 1.7-14

Gloria a ti, Señor.

Un sábado, Jesús fue a comer en cada de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
"Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: "Déjale el lugar a este", y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: "Amigo, acércate a la cabecera". Entonces te veras honrado de presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido". Luego dijo al que lo había invitado:
"Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así seras dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Suplicamos tu oración: Esto es gratis pero cuesta. No sería posible sin tus oraciones: al menos un Avemaría de corazón por cada email que leas. Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo; bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Recuérdanos en tus intenciones de Misa!

Aclaración: una relación muere sin comunicación y comunidad-comunión. Con Dios es igual: las "palabras de vida eterna" (Jn 6,68; Hc 7,37) son fuente de vida espiritual (Jn 6, 63), pero no basta charlar por teléfono (oración), es necesario visitarse, y la Misa permite ver a Jesús, que está tan presente en la Eucaristía, que Hostias han sangrado: www.therealpresence.org/eucharst/mir/span_mir.htm

Por leer la Palabra, no se debe dejar de ir a Misa, donde ofrecemos TODO (Dios) a Dios: al actualizarse el sacrificio de la Cruz, a) co-reparamos el daño que hacen nuestros pecados al Cuerpo de Cristo que incluye los Corazones de Jesús y de María, a Su Iglesia y nosotros mismos, b) adoramos, c) agradecemos y d) pedimos y obtenemos Gracias por nuestras necesidades y para la salvación del mundo entero… ¿Que pasa en CADA Misa? 5 minutos: http://www.youtube.com/watch?v=v82JVdXAUUs

Nota: es una película protestante, por eso falta LA MADRE.

El Misterio de la Misa en 2 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=0QCx-5Aqyrk

El que no valora una obra de arte es porque necesita cultura: https://www.youtube.com/watch?v=mTKKaT-KaKw

Lo que no ven tus ojos (2 minutos): http://www.gloria.tv/media/y3hgYNp23xu

El Gran Milagro (película completa): http://www.gloria.tv/media/hYyhhps7cqX

Explicación: http://www.youtube.com/watch?v=eFObozxcTUg#!

San Leonardo, "El GRAN tesoro oculto de la Santa Misa": http://iteadjmj.com/LIBROSW/lpm1.doc

Audio (1/5): https://www.youtube.com/watch?v=2NjKuVnxH58

Si Jesús se apareciera, ¿no correríamos a verlo, tocarlo, adorarlo? Jesús está aquí y lo ignoramos. Jesús nos espera (Mc 14,22-24) en la Eucaristía: "si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (Jn 6,53; 1 Jn 5,12). La Misa es lo mínimo para salvarnos. Es como si un padre dijera "si no comes, te mueres, así que come al menos una vez por semana". Si comulgamos en estado de Gracia y con amor, nos hacemos uno (común-unión) con el Amor y renovamos la Nueva Alianza de Amor. Si faltamos a las bodas del Cordero (Ap.19,7-10) con su Iglesia (nosotros), sabiendo que rechazamos el Amor de Dios, que está derramando toda su Sangre por nuestros pecados personales, nos auto-condenamos a estar eternamente sin Amor: si una novia falta a su boda, es ella la que se aparta del amor del Novio para siempre, sabiendo que Él da la Vida por ella en el altar. ¿Qué pensaríamos si un cónyuge le dice al otro: "Te amo, pero no quiero verte todos los días, y menos los de descanso"? ¿Le ama realmente?

Faltar a Misa viola los principales mandamientos: el primero ("Amar a Dios sobre todas las cosas") y tercero ("Santificar las fiestas"). Por nuestro propio bien y evitar el infierno eterno, Dios sólo nos pide que nos regalemos 1 de las 168 horas de vida que Él nos regala cada semana: 0,6% ¡No seamos ingratos! Idolatramos aquello que preferimos a Él: los "dioses" son el descanso, entretenimiento, comida, trabajo, compañía, flojera. Prefieren baratijas al oro. Si en la Misa repartieran 1 millón de dólares a cada uno, ¿qué no harías para asistir? ¡Pues recibes infinitamente más! "Una misa vale más que todos los tesoros del mundo"… Por todo esto, es pecado mortal faltar sin causa grave a la Misa dominical y fiestas (Catecismo 2181; Mt 16, 18-19; Ex 20,8-10; Tb 1,6; Hch 20,7; 2 Ts 2,15).

Si rechazamos la Misa, ¿cómo vamos a decir "Padre Nuestro" si rechazamos volver a la Casa del Padre? ¿cómo decir "Santificado sea Tu Nombre", "Venga a nosotros Tu Reino", "Hágase Tu Voluntad", "Danos hoy nuestro pan supersubstancial de cada día" y "no nos dejes caer en la tentación más líbranos del malo", si todo eso lo obtenemos de la Misa?

Estamos en el mundo para ser felices para siempre, santos. Para lograr la santidad, la perfección del amor, es imprescindible la Misa y comunión, si es posible, diaria, como pide la Cátedra de Pedro, el representante de Cristo en la tierra (Canon 904). Antes de comulgar debemos confesar todos los pecados mortales: "quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,29; Rm 14,23). ¿Otros pecados mortales? no confesarse con el Sacerdote al menos una vez al año (CDC 989), no comulgar al menos en tiempo pascual (920), abortar (todos los métodos anticonceptivos no barrera son abortivos), promover el aborto (derecho a decidir, derechos (i)reproductivos, fecundación artificial), planificación natural sin causa grave, deseo o actividad sexual fuera del matrimonio por iglesia, privar de Misa a niños en uso de razón, borrachera, drogas, comer a reventar, envidia, calumnia, odio o deseo de venganza, ver pornografía, robo importante, chiste o burla de lo sagrado… ver más en http://www.iesvs.org/p/blog-page.html

Si no ponemos los medios para confesamos lo antes posible y nos sorprende la muerte sin arrepentirnos, nos auto-condenamos al infierno eterno (Catecismo 1033-41; Mt. 5,22; 10, 28; 13,41-50; 25, 31-46; Mc 9,43-48, etc.). Estos son pecados mortales objetivamente, pero subjetivamente, pueden ser menos graves, si hay atenuantes como la ignorancia. Pero ahora que lo sabes, ya no hay excusa (Jn 15,22).

 

 

Misal

 

22o. Dom Ord Ciclo C

Antífona de Entrada

Dios mío, ten piedad de mí, pues sin cesar te invoco. Tú eres bueno y clemente y no niegas tu amor al que te invoca.

Se dice "Gloria".

Oración Colecta

Oremos:
Dios misericordioso, de quien procede todo lo bueno, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, fin de que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.

Primera Lectura

Hazte pequeño y hallaras gracia ante el Señor

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 19-21.30-31

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y halláras gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes les dan la gloria. No hay remedio pata el hombre de orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad. El hombre prudente mediata en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del Salmo 67

Dios da libertad y riqueza a los cautivos.

Ante el Señor, su Dios, gocen los justos, salten de alegría. Entonen alabanzas a su nombre. En honor del Señor toquen la cítara.
Dios da libertad y riqueza a los cautivos.

Porque el Señor, desde su templo santo, a huérfanos y viudas de su auxilio; él fue quien dio a los desvalidos casa, libertad y riqueza a los cautivos.
Dios da libertad y riqueza a los cautivos.

A tu pueblo extenuando diste fuerzas, nos colmaste, Señor de tus favores y habitó tu rebaño en esta tierra, que tu amor preparó para los pobres.
Dios da libertad y riqueza a los cautivos.

Segunda Lectura

Se han acercado ustedes a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente.

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 18-19.22-24

Hermanos: Cuando ustedes se acercaron a Dios, no encontraron nada material, como en el Sinaí: ni fuego ardiente, ni oscuridad, ni estruendo de trompetas, ni palabras pronunciadas por aquella voz que los israelitas no quieren volver a oír nunca.
Ustedes, en cambio, se han acercado a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a la reunión festiva de miles y miles de ángeles, ala asamblea de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el juez de todos los justos que alcanzaron la perfección. Se han acercado a Jesús, el meditador de la nueva alianza.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Tomen mi yugo sobre ustedes, dice el Señor, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Aleluya.

Evangelio

El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla, será engrandecido

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 1.7-14

Gloria a ti, Señor.

Un sábado, Jesús fue a comer en cada de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
"Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: "Déjale el lugar a este", y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: "Amigo, acércate a la cabecera". Entonces te veras honrado de presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido". Luego dijo al que lo había invitado:
"Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así seras dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Se dice "Credo".

Oración de los Fieles

Celebrante:
Pidamos, hermanos, al Señor de oídos a las súplicas de su pueblo:
Respondemos:
Te rogamos Señor.

Tengamos presente, hermanos, en nuestras oraciones a la iglesia santa, católica y apostólica, para que el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad.
Te rogamos Señor.

Oremos también por los pecadores, por los encarcelados, por los enfermos y por los que están lejos de sus hogares, para que el Señor los proteja, los libere, les devuelva la salud y los consuele.
Te rogamos Señor.

Oremos también por las almas de todos los difuntos, para que Dios, en su bondad, quiera admitirlos en el coro de los santos y de los elegidos.
Te rogamos Señor.

Pidamos también por los que nos disponemos a celebrar la Eucaristía, para que el Señor perdone las culpas de los que vamos a participar de sus sacramentos, otorgue sus premios a los que ejercerán los diversos ministerios y dé la salvación a todos aquellos los que ofrecemos nuestro sacrificio.
Te rogamos Señor.

Celebrante:
Dios nuestro, que invitas a pobres y pecadores al banquete alegre de la nueva alianza, escucha nuestras oraciones y haz que sepamos honrar a tu Hijo en los enfermos y los humildes, a fin de que, alrededor de tu mesa, nos reconozcamos mutuamente como hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Oración sobre las Ofrendas

Acepta, Señor, los dones que te presentamos y realiza en nosotros con el poder de tu Espíritu, la obra redentora que se actualiza en esta Eucaristía.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Prefacio

La creación alaba al Señor

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque creaste el universo con todo cuanto contiene; determinaste el ciclo de las estaciones y formaste al hombre a tu imagen y semejanza: porque lo hiciste dueño de un mundo portentoso, para que en tu nombre dominara la creación entera y, al contemplar la grandeza de tus obras, en todo momento te alabara. por Cristo, Señor nuestro.
A quien cantan los cielos y la tierra, los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar:

Antífona de la Comunión

Qué grande es la delicadeza del amor que tienes reservada, Señor, para tus hijos.

Oración después de la Comunión

Oremos:
Te rogamos, Señor, que este sacramento con que nos has alimentado, nos haga crecer en tu amor y nos impulse a servirte en nuestros prójimos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

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Meditación diaria

Vigésimo segundo Domingo

ciclo c

LOS PRIMEROS PUESTOS

— Luchar contra el deseo desordenado de alabanza y de honores.

— Medios para vivir la humildad.

— Los bienes de la humildad.

I. Las lecturas de la Misa de hoy nos hablan de una virtud que constituye el fundamento de todas las demás, la humildad; es tan necesaria que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. En esta ocasión, el Señor es invitado a un banquete en casa de uno de los principales fariseos. Jesús se da cuenta de que los comensales iban eligiendo los primeros puestos, los de mayor honor. Quizá cuando ya están sentados y se puede conversar, el Señor expone una parábola1 que termina con estas palabras: cuando seas invitado, ve a sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.

Nos recuerda esta parábola la necesidad de estar en nuestro sitio, de evitar que la ambición nos ciegue y nos lleve a convertir la vida en una loca carrera por puestos cada vez más altos, para los que no serviríamos en muchos casos, y que quizá, más tarde, habrían de humillarnos. La ambición, una de las formas de soberbia, es frecuente causa de malestar íntimo en quien la padece. "¿Por qué ambicionas los primeros puestos?, ¿para estar por encima de los demás?", nos pregunta San Juan Crisóstomo2, porque en todo hombre existe el deseo –que puede ser bueno y legítimo– de honores y de gloria. La ambición aparece en el momento en el que se hace desordenado este deseo de honor, de autoridad, de una condición superior o que se considera como tal...

La verdadera humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal en la vida social, de gozar del necesario prestigio profesional, de recibir el honor y la honra que a cada persona le son debidos. Todo esto es compatible con una honda humildad; pero quien es humilde no gusta de exhibirse. En el puesto que ocupa sabe que no está para lucir y ser considerado, sino para cumplir una misión cara a Dios y en servicio de los demás.

Nada tiene que ver esta virtud con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. La humildad nos lleva a tener plena conciencia de los talentos que el Señor nos ha dado para hacerlos rendir con corazón recto; nos impide el desorden de jactarnos de ellos y de presumir de nosotros mismos; nos lleva a la sabia moderación y a dirigir hacia Dios los deseos de gloria que se esconden en todo corazón humano: Non nobis, Domine, non nobis. Sed nomini tuo da gloriam3: No para nosotros, sino para Ti, Señor, sea toda la gloria. La humildad hace que tengamos vivo en el alma que los talentos y virtudes, tanto naturales como en el orden de la gracia, pertenecen a Dios, porque de su plenitud hemos recibido todos4. Todo lo bueno es de Dios; de nosotros es propio la deficiencia y el pecado. Por eso, "la viva consideración de las gracias recibidas nos hace humildes, porque el conocimiento engendra el reconocimiento"5. Penetrar con la ayuda de la gracia en lo que somos y en la grandeza de la bondad divina nos lleva a colocarnos en nuestro sitio; en primer lugar ante nosotros mismos: "¿acaso los mulos dejan de ser torpes y hediondas bestias porque estén cargados de olores y muebles preciosos del príncipe?"6. Esta es la verdadera realidad de nuestra vida: ut iumentum factus sum apud te, Domine7, dice la Sagrada Escritura: somos como el borrico, como un jumento, que su amo, cuando Él quiere, lo carga de tesoros de muchísimo valor.

II. Para crecer en la virtud de la humildad es necesario que, junto al reconocimiento de nuestra nada, sepamos mirar y admirar los dones que el Señor nos regala, los talentos de los que espera el fruto. "A pesar de nuestras propias miserias personales somos portadores de esencias divinas de un valor inestimable: somos instrumentos de Dios. Y como queremos ser buenos instrumentos, cuanto más pequeños y miserables nos sintamos, con verdadera humildad, todo lo que nos falte lo pondrá Nuestro Señor"8. Iremos por el mundo con esa altísima dignidad de ser "instrumentos de Dios" para que Él actúe en el mundo. Humildad es reconocer nuestra poca cosa, nuestra nada, y a la vez sabernos "portadores de esencias divinas de un valor inestimable". Esta visión, la más real de todas, nos lleva al agradecimiento continuo, a las mayores audacias espirituales porque nos apoyamos en el Señor, a mirar a los demás con todo respeto y a no mendigar pobres alabanzas y admiraciones humanas que tan poco valen y tan poco duran. La humildad nos aleja del complejo de inferioridad –que con frecuencia está producido por la soberbia herida–, nos hace alegres y serviciales con los demás y ambiciosos de amor de Dios: "Todo lo que nos falte lo pondrá Nuestro Señor".

Para aprender a caminar en este sendero de la humildad hemos de saber aceptar las humillaciones externas que seguramente encontraremos en el transcurso de nuestras jornadas, pidiendo al Señor que nos unan a Él y que nos enseñe a considerarlas como un don divino para reparar, purificarse y llenarse de más amor al Señor, sin que nos dejen abatidos, acudiendo al Sagrario si alguna vez nos duelen un poco más.

Medio seguro para crecer en esta virtud es la sinceridad plena con nosotros mismos, llegando a esa intimidad que solo es posible en el examen de conciencia hecho en presencia de Dios; sinceridad con el Señor, que nos llevará a pedir perdón muchas veces, porque son muchas nuestras flaquezas; sinceridad con quien lleva nuestra dirección espiritual.

Aprender a rectificar es también camino seguro de humildad. "Solo los tontos son testarudos: los muy tontos, muy testarudos"9; porque los asuntos de aquí abajo no tienen una única solución; "también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno"10, y esta confrontación de pareceres es siempre enriquecedora. El soberbio que nunca "da su brazo a torcer", que se cree siempre poseedor de la verdad en cosas de por sí opinables, nunca participará de un diálogo abierto y enriquecedor. Además, rectificar cuando nos hemos equivocado no es solo cuestión de humildad, sino de elemental honradez.

Cada día encontramos muchas ocasiones para ejercitar esta virtud: siendo dóciles en la dirección espiritual; acogiendo las indicaciones y correcciones que nos hacen; luchando contra la vanidad, siempre despierta; reprimiendo la tendencia a decir siempre la última palabra; procurando no ser el centro de atención de lo que nos rodea; aceptando errores y equivocaciones en asuntos en los que quizá nos parecía estar completamente seguros; esforzándonos en ver siempre a nuestro prójimo con una visión optimista y positiva; no considerándonos imprescindibles...

III. Existe una falsa humildad que nos mueve a decir "que no somos nada, que somos la miseria misma y la basura del mundo; pero sentiríamos mucho que nos tomasen la palabra y que la divulgasen. Y al contrario, fingimos escondernos y huir para que nos busquen y pregunten por nosotros; damos a entender que preferimos ser los postreros y situarnos a los pies de la mesa, para que nos den la cabecera. La verdadera humildad procura no dar aparentes muestras de serlo, ni gasta muchas palabras en proclamarlo"11. Y aconseja el mismo San Francisco de Sales: "no abajemos nunca los ojos, sino humillemos nuestros corazones; no demos a entender que queremos ser los postreros, si deseamos ser los primeros"12. La verdadera humildad está llena de sencillez, y sale de lo más profundo del corazón, porque es ante todo una actitud ante Dios.

De la humildad se derivan incontables bienes. El primero de ellos, el poder ser fieles al Señor, pues la soberbia es el mayor obstáculo que se interpone entre Dios y nosotros. La humildad atrae sobre sí el amor de Dios y el aprecio de los demás, mientras la soberbia lo rechaza, Por eso nos aconseja la Primera lectura de la Misa13: en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Y se nos recomienda, en el mismo lugar: hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios, porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. El hombre humilde penetra con más facilidad en la voluntad divina y conoce lo que Dios le va pidiendo en cada circunstancia. Por esto, el humilde se encuentra centrado, sabe estar en su lugar y es siempre una ayuda; incluso conoce mejor los asuntos humanos por su natural sencillez. El soberbio, por el contrario, cierra las puertas a lo que Dios le pide, en lo que encontraría su felicidad, pues solo ve su propio deseo, sus gustos, sus ambiciones, la realización de sus caprichos; aun en lo humano se equivoca muchas veces, pues lo ve todo con la deformación de su mirada enferma.

La humildad da consistencia a todas las virtudes. De modo especial, el humilde respeta a los demás, sus opiniones y sus cosas; posee una particular fortaleza, pues se apoya constantemente en la bondad y en la omnipotencia de Dios: cuando me siento débil, entonces soy fuerte14, proclamaba San Pablo. Nuestra Madre Santa María, en la que hizo el Señor cosas grandes porque vio su humildad, nos enseñará a ocupar el puesto que nos corresponde ante Dios y ante los demás. Ella nos ayudará a progresar en esta virtud y a amarla como un don precioso.

1 Lc 14, 1; 7-II. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 65, 4. — 3 Sal 113, 1. — 4 Jn 1, 16. — 5 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 4. — 6 Ibídem. — 7 Sal 72, 23. — 8 San Josemaría Escrivá, Carta 24-III-1931. — 9 ídem, Surco, n. 274. — 10 Ibídem, n. 275. — 11 San Francisco de Sales, o. c., p. 159. — 12 Ibídem. — 13 Eclo 3, 19-21; 30-31. — 14 2 Cor 12, 10.

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28 de agosto

SAN AGUSTÍN*

Memoria

— La vida, una continua conversión.

Comenzar y recomenzar.

— Valorar lo pequeño que nos separa del Señor. La Virgen y la conversión.

I. San Agustín había sido educado cristianamente por su madre, Santa Mónica. Como consecuencia de este desvelo materno, aunque hubo unos años en que estuvo lejos de la verdadera doctrina, siempre mantuvo el recuerdo de Cristo, cuyo nombre "había bebido", dice él, "con la leche materna"1. Cuando, al cabo de los años, vuelva a la fe católica afirmará que regresaba "a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser"2. Esa educación primera ha sido, en innumerables casos, el fundamento firme de la fe, a la que muchos han vuelto después de una vida quizá muy alejada del Señor.

El amor a la verdad que siempre estuvo en el alma de Agustín, y especialmente el leer algunas obras de los clásicos3, no le libró de caer en errores graves y en llevar una vida moral lejos de Dios. Sus errores consistieron principalmente "en el planteamiento equivocado de las relaciones entre la razón y la fe, como si hubiera que escoger necesariamente entre una y otra; en el presunto contraste entre Cristo y la Iglesia, con la consiguiente persuasión de que para adherirse plenamente a Cristo hubiera que abandonar la Iglesia; y en el deseo de verse libre de la conciencia de pecado no mediante su remisión por obra de la gracia, sino mediante la negación de la responsabilidad humana del pecado mismo"4.

Después de años de buscar la verdad sin encontrarla, con la ayuda de la gracia que su madre imploró constantemente llegó al convencimiento de que solo en la Iglesia católica encontraría la verdad y la paz para su alma. Comprendió que fe y razón están destinadas a ayudarse mutuamente para conducir al hombre al conocimiento de la verdad5, y que cada una tiene su propio campo. Llegó al convencimiento de que la fe, para estar segura, requiere la autoridad divina de Cristo que se encuentra en las Sagradas Escrituras, garantizadas por la Iglesia6.

Nosotros también recibimos muchas luces en la inteligencia para ver claro, para conocer con profundidad la doctrina revelada, y abundantes ayudas en la voluntad para mantener en nuestra alma un estado de continua conversión, para estar cada día un poco más cerca del Señor, pues "para un hijo de Dios, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor.

"Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas, con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!"7. El Señor nunca niega su ayuda. Y si tuviéramos la desgracia de separarnos de Él gravemente, nos esperará cada instante como el padre del hijo pródigo, como aguardó durante tantos años la vuelta de San Agustín.

II. Aunque Agustín veía claro dónde estaba la verdad, su camino no había terminado. Buscaba excusas para no dar ese paso definitivo, que para él significaba, además, una entrega radical a Dios, con la renuncia, por predilección a Cristo, de un amor humano8. "No es que le estuviera prohibido casarse -esto lo sabía muy bien Agustín, lo que no quería era ser cristiano solamente de esta manera: renunciando al ideal acariciado de la familia y dedicándose con toda su alma al amor y a la posesión de la Sabiduría (...). Con gran rubor se preguntaba a sí mismo: ¿No podrás tú hacer lo que hicieron estos jóvenes y estas jóvenes? (Conf. 8, 11, 27). De ello se originó un drama interior, profundo, lacerante, que la gracia divina condujo a buen desenlace"9. Dio ese paso definitivo en el verano del año 386, y nueve meses más tarde, en la noche del 24 al 25 de abril del año siguiente, durante la vigilia pascual, tuvo su encuentro para siempre con Cristo, al recibir el Bautismo de manos de San Ambrosio. Así cuenta el Santo la serena pero radical decisión que cambiaría completamente su vida: "Fuimos (él, su amigo Alipio y su hijo Adeodato) donde mi madre y le revelamos la decisión que habíamos tomado. Ella se alegró. Le contamos el desarrollo de los hechos. Se alegró y triunfó. Y empezó a bendecir porque Tú, Señor, concedes más de lo que pedimos y comprendemos (Ef 3, 20). Veía que le habías otorgado, con relación a mí, más de lo que había pedido con sus gemidos y lágrimas conmovedoras. De hecho, me volviste a Ti tan absolutamente, que ya no buscaba ni esposa ni carrera en este mundo"10. Cristo llenó por entero su corazón.

Nunca olvidó San Agustín aquella noche memorable. "Recibirnos el bautismo recuerda al cabo de los años y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano". Y añade: "Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia"11.

La vida del cristiano nuestra vida está acompañada de frecuentes conversiones. Muchas veces hemos tenido que hacer de hijo pródigo y volver a la casa del Padre, que siempre nos espera. Todos los santos saben de esos cambios íntimos y profundos, en los que se han acercado de una manera nueva, más sincera y humilde, a Dios. Para volver al Señor es necesario no excusar nuestras flaquezas y pecados, no hacer componendas con aquello que no va según el querer de Dios. ¡Cómo recordaría San Agustín su conversión cuando años más tarde, siendo ya Obispo, predicaba a sus fieles!: "Pues yo reconozco mi culpa, tengo presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón"12.

Fiados de la misericordia divina, no nos debe importar estar siempre comenzando. "Me dices, contrito: "¡cuánta miseria me veo! Me encuentro, tal es mi torpeza y tal el bagaje de mis concupiscencias, como si nunca hubiera hecho nada por acercarme a Dios. Comenzar, comenzar: ¡oh, Señor, siempre en los comienzos! Procuraré, sin embargo, empujar con toda mi alma en cada jornada".

"Que Él bendiga esos afanes tuyos"13.

III. "Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Salgamos a su encuentro para alcanzarle, y busquémosle después de hallarlo. Para que le busquemos, se oculta, y para que sigamos indagando, aun después de hallarle, es inmenso. Él llena los deseos según la capacidad del que investiga"14.

Esta fue la vida de San Agustín: una continua búsqueda de Dios; y esta ha de ser la nuestra. Cuanto más le encontremos y le poseamos, mayor será nuestra capacidad para seguir creciendo en su amor.

La conversión lleva siempre consigo la renuncia al pecado y al estado de vida incompatible con las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, y la vuelta sincera a Dios. Hemos de pedir con frecuencia a Nuestra Madre Santa María que nos conceda la gracia de prestarle importancia aun a lo que parece pequeño, pero que nos separa del Señor, para apartarlo y arrojarlo lejos de nosotros. Este camino de conversión parte siempre de la fe: el cristiano mira la infinita misericordia de Dios, movido por la gracia, y reconoce su culpa o su falta de correspondencia a lo que Dios esperaba de él. Y, a la vez, nace en el alma una esperanza más firme y un amor más seguro.

Al terminar hoy nuestra oración, no olvidemos que "a Jesús siempre se va y se "vuelve" por María"15. Dirígete a Ella, "pídele que te haga el regalo prueba de su cariño por ti de la contrición, de la compunción por tus pecados, y por los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con dolor de Amor.

"Y, con esa disposición, atrévete a añadir: Madre, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano... y si algo hay ahora en mí que desagrada a mi Padre-Dios, concédeme que lo vea y que, entre los dos, lo arranquemos.

"Continúa sin miedo: ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen Santa María!, ruega por mí, para que, cumpliendo la amabilísima Voluntad de tu Hijo, sea digno de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesús"16. No olvidemos que también Dios, pacientemente, nos espera a nosotros. Nos llama a una vida de fe y de entrega más plenos. No retrasemos nuestra llegada.

1 San Agustín, Confesiones, 3, 4, 8. — 2 ídem, Tratado contra los Académicos, 2, 2, 5. — 3 ídem, Confesiones, 3, 4, 7. — 4 Juan Pablo II, Carta Apost. Agustinum hipponensem, 28-VIII-1986. — 5 San Agustín Tratado contra los Académicos, 3, 20, 43. — 6 ídem, Confesiones, 6, 5, 7; 7, 7, 11. — 7 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 344. — 8 Cfr. San Agustín, Confesiones, 6, 15, 25. — 9 Juan Pablo II, loc. cit. — 10 San Agustín, Confesiones, 8, 12, 30. — 11 Ibídem, 8, 9, 14. — 12 ídem, Sermón 19. — 13 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 378. — 14 San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 61, 1. — 15 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 495. — 16 ídem, Forja, n. 161.

* San Agustín nació en Tagaste (África) el año 354. Después de una juventud azarosa se convirtió a los 33 años en Milán, donde fue bautizado por el Obispo San Ambrosio. Vuelto a su patria y elegido Obispo de Hipona, desarrolló una enorme actividad a través de la predicación y de sus escritos doctrinales en defensa de la fe. Durante treinta y cuatro años, en los que estuvo al frente de su grey, fue un modelo de servicio para todos y ejerció una continua catequesis oral y escrita. Es uno de los grandes Doctores de la Iglesia. Murió el año 430.

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Santoral               (si GoogleGroups corta el texto, lo encontrará en www.iesvs.org)

 

San Agustín
Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia

"Doctor de la Gracia"
"La Gran Lumbrera de Occidente"

 


"Si queréis recibir la vida del Espíritu Santo,
conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad
para llegar a la eternidad" .

"Tarde te amé, hermosura tan antigua  y tan nueva...¡Tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí y yo fuera..., y por fuera te buscaba...".

"Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón
estará insatisfecho hasta que descanse en Tí...".

"La medida del amor es el amor sin medida...".

 


San Agustín de Hipona (354-430), es el más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental, nació en el año 354 en Tagaste (Argelia actual).

Sus padre, Patricio, un pagano de cierta estación social acomodada, que luego de una larga y virulenta resistencia a la fe, hacia el final de su vida se convierte al cristianismo. Mónica, su madre, natural de África, era una devota cristiana, nacida a padres cristianos. Al enviudar, se consagró totalmente a la conversión de su hijo Agustín. Lo primero que enseñó a su hijo Agustín fue a orar, pero luego de verle gozar de esas santas lecciones sufrió al ver como iba apartándose de la Verdad hasta que su espíritu se infectó con los errores maniqueos y, su corazón, con las costumbres de la disoluta Roma."Noche y día oraba y gemía con más lágrimas que las que otras madres derramarían junto al féretro de sus hijos", escribiría después Agustín en sus admirables Confesiones. Pero Dios no podía consentir se perdiese para siempre un hijo de tantas lágrimas. Mónica murió en Ostia, puerto de Roma, el año de 387, asistida por su hijo.

Juventud y estudios
Agustín se educó como retórico en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. Entre los 15 y los 30 años vivió con una mujer cartaginesa cuyo nombre se desconoce, con quien tuvo un hijo en el año 372, llamado Adeodatus, que en latín significa regalo de Dios.

Contienda intelectual
Inspirado por el tratado Hortensius de Cicerón, Agustín se convirtió en un ardiente buscador de la verdad, que le llevó a estudiar varias corrientes filosóficas. Durante nueve años, del 373 al 382, se adhirió al maniqueísmo, filosofía dualista persa, muy extendida en aquella época por el imperio romano. Su principio fundamental es el conflicto entre el bien y el mal, y a Agustín el maniqueísmo le pareció una doctrina que parecía explicar la experiencia y daba respuestas adecuadas sobre las cuales construir un sistema filosófico y ético. Además, su código moral no era muy estricto; Agustín recordaría posteriormente en sus Confesiones: "Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo". Desilusionado por la imposibilidad de reconciliar ciertos principios maniqueístas contradictorios, Agustín, abandona la doctrina y decide por el escepticismo. En el año 383 se traslada de Cartago a Roma, y un año más tarde se va a Milán como profesor de retórica. Allí se mueve en círculos neoplatónicos. Allí también conoce al obispo de la ciudad, al gran Ambrosio, la figura eclesial de mayor renombre por santidad y conocimiento de aquel momento en Italia. Ambrosio le recibió con bondad y le ilustró en las ciencias divinas. Y así, poco a poco, renace en Agustín un nuevo interés por el cristianismo. Su mente, tan prodigiosa, inquita y curiolsa, va descubriendo la Verdad que hasta ahora le había eludido, sin embargo, vacilaba en su compromiso por debilidades de la carne, temía comprometerse porque sabía que tendría que reformar su vida disoluta, y dejar atrás muchos gustos y placeres que tanto le atraían. Rezaba a menudo, "Señor, dame castidad, pero no ahora. "Pero un día, según su propio relato, escuchó una voz, como la de un niño, que le decía:  Tolle et legge (toma y lee). Pero, al darse cuenta que estaba completamente solo, le pareció inspiración del cielo y una exhortación divina a leer las Santas Escrituras. Abrió y leyó el primer pasaje que apareció al azar: "…no deis vuestros miembros, como armas de iniquidad al pecado, sino ofreceos más bien a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no tendrá ya dominio sobre vosotros, pues que no estaís bajo la Ley, sino bajo la gracia" (Rom 13, 13-14). Es entonces cuando Agústín se decide, y sin reserva, se entrega en alma y cuerpo a Dios, siguiendo su ley y explicandola a otros. A los 33 años de edad recibe el santo bautismo en la Pascua del año 387. Su madre que se había trasladado a Italia para estar cerca de él, se llenó de gran gozo.

Agustín, ya convertido, se dispuso volver con su madre a su tierra en África, y juntos se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había obtenido de Dios lo que más anhelaba en esta vida y podía morir tranquila. Sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, por la noche, mientras ambos platicaban debajo de un cielo estrellado de las alegrías que esperaban en el cielo, Mónica exclamó entusiasmada : "¿Y a mí que más me puede amarrar a la tierra ? Ya he obtenido mi gran deseo, el verte cristiano católico. Todo lo que deseaba lo he conseguido de Dios". Poco días después le invadió una fiebre y murió. Murió pidiendo a su hijo "que se acordara de ella en el altar del Señor". Murió en el año 387, a los 55 años de edad.

Obispo y teólogo
Agustín regresó al norte de África y fue ordenado sacerdote el año 391, y consagrado obispo de Hipona (ahora Annaba, Argelia) en el 395, a los 41 años, cargo que ocuparía hasta su muerte. Fue un periodo de gran agitación política y teológica; los bárbaros amenazaban el imperio romano llegando incluso a saquear a Roma en el 410, y el cisma y la herejía amenazaban internamente la unidad de la Iglesia. Agustín emprendió con entusiasmo la batalla teológica y refutó brillantemente los argumentos paganos que culpaban al cristianismo por los males que afectaban a Roma. Combatió la herejía maniqueísta y participó en dos grandes conflictos religiosos, el uno contra los donatistas, secta que sostenía que eran inválidos los sacramentos administrados por eclesiásticos en pecado. El otro, contra las creencias pelagianos, seguidores de un monje británico de la época que negaba la doctrina del pecado original. Durante este conflicto, que duró por mucho tiempo, Agustín desarrolla sus doctrinas sobre el pecado original y la gracia divina, soberanía divina y predestinación. Sus argumentos sobre la gracia divina, le ganaron el título por el cual también se le conoce, Doctor de la Gracia. La doctrina agustiniana se situaba entre los extremos del pelagianismo y el maniqueísmo. Contra la doctrina de Pelagio mantenía que la desobediencia espiritual del hombre se había producido en un estado de pecado que la naturaleza humana era incapaz de cambiar. En su teología, los hombres y las mujeres son salvos por el Don de la Gracia Divina. Contra el maniqueísmo defendió con energía el papel del libre albedrío en unión con la gracia.

Agustín murió en Hipona el 28 de agosto del año 430.

Obras
La importancia de San Agustín entre los Padres y Doctores de la Iglesia es comparable a la de San Pablo entre los Apóstoles. Como prolífico escritor, apologista y brillante estilista. Su obra más conocida es su autobiografía Confesiones (400), donde narra sus primeros años y su conversión. En su gran obra apologética La Ciudad de Dios (413-426), formula una filosofía teológica de la historia, y compara en ella la ciudad de Dios con la ciudad del hombre. De los veintidós libros de esta obra diez están dedicados a polemizar sobre el panteísmo. Los doce libros restantes se ocupan del origen, destino y progreso de la Iglesia, a la que considera como oportuna sucesora del paganismo. Sus otros escritos incluyen las Epístolas, de las que 270 se encuentran en la edición benedictina, fechadas entre el año 386 y el 429; sus tratados De libero arbitrio (389-395), De doctrina Christiana (397-428), De Baptismo, Contra Donatistas (400-401), De Trinitate (400-416), De natura et gratia (415), Retracciones (428) y homilías sobre diversos libros de la Biblia.

(información recopilada de varias fuentes)

  San Agustín y el niño
La historia de San Agustín con el niño es por muchos conocida. La misma surge del mucho tiempo que dedicó este gran santo y teólogo a reflexionar sobre el misterio de la Santísima Trinidad, de cómo tres personas diferentes podían constituir un único Dios.

Cuenta la historia que mientras Agustín paseaba un día por la playa, pensando en el misterio de la Trinidad, se encontró a un niño que había hecho un hoyo en la arena y con una concha llenaba el agujero con agua de mar. El niño corría hasta la orilla, llenaba la concha con agua de mar y depositaba el agua en el hoyo que había hecho en la arena. Viendo esto, San Agustín se detuvo y preguntó al niño por qué lo hacía, a lo que el pequeño le dijo que intentaba vaciar toda el agua del mar en el agujero en la arena. Al escucharlo, San Agustín le dijo al niño que eso era imposible, a lo que el niño respondió que si aquello era imposible hacer, más imposible aún era el tratar de decifrar el misterio de la Santísima Trinidad.

  Oración
Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en San Agustín para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de Tí, fuente de sabiduría, te busquemos como el único amor verdadero y sigamos los pasos de tan gran santo. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Oración por las Vocaciones
Glorioso Padre San Agustín, que abriste un camino de entrega a Dios
al descubrir la hermosura de la vida religiosa; concédeme a mí, que me creo también llamado por Él, a  ver claramente mi camino; ayúdame a ser fiel a esa vocación divina; que la estime en todo su valor, que huya de las personas y cosas que me la pueden arrebatar; que sea desde hoy muy generoso para decir sí el día de mi total entrega.
Amén.

¡San Agustín! ¡ruega por nosotros! Y por todos los agustinos, agustinas (monjas como www.emmerick.org) y por los agustines y agustinas (los que se llaman así)

Obras completas de San Agustín, doctor de la Iglesia (se recomienda comenzar por "Confesiones"):

Castellano:

http://www.augustinus.it/spagnolo/index.htm

Latín:

http://www.augustinus.it/latino/index.htm

 

01:36:45

San Agustín. Parte 1

http://www.gloria.tv/media/nckC1UKJnR5

 

01:42:10

San Agustin. Parte II

http://www.gloria.tv/media/RN6fZWNupTN

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Fuente: Franciscanos.org
Junípero Serra, Beato Presbítero, 28 de agosto  

Para facilitar una visión más completa de la figura de Fray Junípero, lo presentamos desde tres perspectivas diferentes pero complementarias: un resumen de su vida, en el que se compendian las notas más destacadas de su personalidad y obra; la carta de despedida que el propio Fray Junípero escribió a sus padres, que es expresión de los ideales que lo animaban; por último, un escrito redactado en forma epistolar, en el que el historiador máximo del Beato Junípero, el P. Maynard J. Geiger, expresa el cariño y admiración que despertaron en él las investigaciones sobre tan extraordinario apóstol y civilizador.

El 24 de noviembre de 1713 nació en Petra (Mallorca), del matrimonio formado por Antonio Serra y Margarita Ferrer, un niño a quien se le impuso en el bautismo el nombre de Miguel José. Vino al mundo en el humilde hogar de una familia sencilla, de modestos labradores, honrados, devotos y de ejemplares costumbres. Tal como iba creciendo y dando los primeros pasos por las calles de su pueblo, sus padres lo iban encaminando por los senderos de la fe católica y el santo amor de Dios. Ellos eran analfabetos, pero trataron de dar a su hijo una mejor formación, llevándole a la escuela del convento franciscano de San Bernardino. Aquí en su pueblo el muchacho aprendió las primeras letras e hizo grandes progresos en su formación, por lo que pronto lo encaminaron hacia Palma para cursar estudios superiores.

A la edad de 15 años empieza a asistir a las clases de filosofía en el convento de San Francisco de Palma y, sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de Septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero.

Cursa con gran brillantez los estudios eclesiásticos, e inmediatamente lo encontramos dictando clases de filosofía en el convento de San Francisco, en la Cátedra ganada por oposición, con el consenso unánime de todos sus examinadores. Su tarea docente en San Francisco duró de 1740 a 1743, año este último en que pasó a ocupar la cátedra de Teología Escotista en la entonces famosa Universidad Luliana de Palma de Mallorca. Los muchos y notables alumnos salidos de sus aulas con brillantes títulos, son testigos de la alta categoría docente del P. Serra, quien alternaba la docencia y la predicación, campo éste en el que también cosechó abundantes frutos y estima; en cierta ocasión, predicando ante el Claustro de profesores de la Universidad, fue tan grande la admiración causada por su pieza oratoria, que un catedrático y orador de mucha fama exclamó: «Digno es este sermón de que se imprima en letras de oro».

Cuando se había hecho acreedor de los mayores honores y aplausos, decidió dejarlo todo para seguir la vocación misionera. En 1749 estuvo predicando la cuaresma en Petra, su pueblo natal, y cuando ya la estaba terminando le llegó la noticia de que le habían sido concedidos todos los permisos necesarios para trasladarse al Colegio de Misioneros de San Fernando, situado en la capital de México; sólo faltaba contratar el barco, lo que significaba tener que esperar algunos pocos días. Fray Junípero había ocultado siempre a sus padres la vocación misionera que lo animaba, y, terminada aquella cuaresma, se despidió de sus ancianos progenitores sin notificarles su próxima partida hacia América. De momento no quiso disgustarlos, y con el fuerte abrazo, que le desgarraba el corazón, se marchó para no volver a verlos. El 13 de Abril de 1749 embarca hacia Málaga, rumbo a Cádiz, en cuya travesía se enfrenta seria y comprometidamente con el capitán del barco para defender los principios evangélicos; no encontrando argumentos convincentes para defender su postura, el furibundo marino inglés a punto estuvo de tirar al P. Serra a la mar. En Cádiz permanecieron los misioneros más tiempo del previsto, esperando el momento de embarcar, y desde allí escribió Fray Junípero la carta que reproducimos más adelante, dirigida al P. Francisco Serra, que no era familiar suyo aunque tuviera su mismo apellido, residente entonces en el convento franciscano de Petra. El motivo de la carta era consolar y confortar a sus padres, y, como éstos eran analfabetos, se la dirigió al fraile amigo para que éste se la leyera.

Tras una larga y peligrosa travesía de 99 días, llegó a Veracruz en las costas mexicanas. Con otro compañero hizo a pie la caminata de cien leguas, hasta el Colegio de Misioneros de San Fernando en la Capital de México. Durante el trayecto, por causa de la picadura de un insecto, se le formó una llaga en la pierna que le será molesta compañera hasta la muerte.

A los seis meses de su llegada lo vemos ya enrolado, como Presidente, en un grupo de voluntarios camino hacia el corazón de la Sierra Gorda, en donde inicia su brillante carrera misionera. Ocho años estuvo en aquellas inhóspitas tierras, donde tantos otros habían fracasado. Su historial fue muy diferente. Siempre infatigable y emprendedor, aprende la lengua nativa. Enseña a cultivar la tierra. Monta granjas y talleres. Inicia a los indios en los más elementales rudimentos de las ciencias y las artes. Les adiestra igualmente en el comercio. Les instruye particularmente en los principios doctrinales de la fe católica. Los misioneros emulan las iniciativas y logros de Serra.

Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos. De la extraordinaria actividad del P. Serra en este rincón serrano, todavía queda en Jalpan, como testigo elocuente, el esbelto y artístico templo churrigueresco levantado bajo su dirección.

En plena euforia de sus trabajos en Sierra Gorda, es requerido para ocupar las misiones de San Saba, en Texas, devastadas por los apaches, quienes habían flechado a sus misioneros. Acepta contento, aun siendo consciente de que se expone a sufrir el martirio. Pero Dios le tenía reservado otro campo muy distinto. En efecto, no se llevó a cabo el proyecto para el que habían recurrido a Fray Junípero, y éste, al quedar libre de otras obligaciones, se dedica a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España, poniendo de manifiesto, una vez más, sus grandes cualidades pastorales y oratorias. Fruto de su fervorosa predicación fueron sonadas conversiones y multitud de penitentes postrados a sus pies para pedir la reconciliación de sus pecados.

Por aquel tiempo se suprimieron los Jesuitas en todos los territorios españoles y, en consecuencia, quedaron abandonadas las misiones de la Baja California. El Gobierno del Virreinato encargó a los franciscanos llenar ese vacío, y de nuevo tenemos al P. Serra, también como Presidente y voluntario, al frente de una expedición de dieciséis religiosos.

El 14 de Marzo de 1769 embarca hacia Loreto, Baja California, y en cuanto toma posesión de su cargo, elabora planes, distribuye el personal y visita varias misiones.

Transcurrido un año en este ministerio, llegan noticias de que los rusos, partiendo de Alaska, pretenden ocupar la costa oeste del norte americano. Para adelantárseles, el Virrey Marqués de Croix encarga al Visitador General D. José de Gálvez que organice una expedición para la conquista de aquellas tierras.

De inmediato Gálvez inicia la operación, tratando el plan con la oficialidad; pero pronto cae en la cuenta de que hay un personaje clave e imprescindible para el feliz éxito de la empresa: el P. Junípero Serra. Gálvez sabía bien que los fusiles y los cañones eran insuficientes para una conquista estable y duradera. Era indispensable conquistar, además del territorio, el corazón de los indios, y esta tarea fundamental sólo se podía afrontar con las armas de la fe y el estandarte de la cruz. Por esto, el Visitador General llama junto a sí al Presidente de los misioneros, y ambos conjuntamente ultiman los planes a seguir. Huelga decir el papel tan importante que desempeñó Serra en el enfoque y desarrollo de los preparativos.

Formando expedición por tierra con el Comandante Portolá, inicia Serra la marcha hacia el norte. La preocupante herida de su pierna ulcerada hacía tan torpe y pesado su caminar, que otros, en su lugar, se hubieran dado por vencidos, quedando a la vera del camino, mientras con nostálgica pena habrían visto cómo los demás compañeros continuaban la marcha. Pero Fr. Junípero no se rinde.

El primero de Julio de 1769 llegan al puerto de San Diego y, mientras las tropas izan la bandera de España y levantan el campamento, el P. Serra enarbola la cruz y funda la primera misión en la Alta California. Terminada de poner la primera piedra de la cristiandad en aquellas lejanas tierras, Fray Junípero, limpiándose el rostro, deja salir un profundo respiro de satisfacción al ver levantada la señal de Cristo en medio de un pueblo completamente pagano.

Al principio, las relaciones con los naturales del país no fueron tan cordiales como hubiera sido de desear. La rapiña y la agresión hicieron acto de presencia sin dilación. Los indios robaban cuanto podían y, en un momento dado, atacaron el desprovisto campamento español. Fruto de la sangrienta lucha, cayó mortalmente herido a sus pies el sirviente indio a quien tanto apreciaba el P. Serra.

Este primer contacto con los naturales del lugar, tan adverso como desagradable, no fue capaz de tronchar la vida misionera de nuestro Beato. Muy al contrario, su espíritu salió reforzado, y aumentó su amor hacia aquellos desaforados y rapaces indígenas, a quienes apreciaba y quería convertir en vasallos de ambas majestades: el Rey de los Cielos y el Rey de España. Sin duda alguna, la tenacidad del P. Serra fue un factor importantísimo para que no fracasara en sus mismos inicios la conquista de la Alta California. Las provisiones de víveres llegaron a escasear de tal forma, que el Comandante Portolá ordena la retirada. Con este paso hacia atrás, Serra veía derrumbarse todos sus afanes de convertir almas paganas para el cielo. Pero sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos.

Se reanuda la marcha siguiendo el rumbo prefijado, y tan pronto como llegan a Monterrey, Fray Junípero se instala junto al Río Carmelo, donde funda la segunda misión, misión que se convirtió en su residencia habitual, de la que partiría tantísimas veces para ensanchar las fronteras de la conquista espiritual.

Las mayores dificultades que encontró el P. Serra en el desarrollo de su tarea misionera, y las que más le hicieron sufrir, fueron las incomprensiones y la falta de ayuda por parte de los gobernadores de California. La acción de los misioneros estaba supeditada al poder civil y militar, por lo que más de una vez los frailes se vieron oprimidos o limitados por los intereses y caprichos de quienes tenían otros ideales. Continuos y con frecuencia duros fueron estos enfrentamientos.

No obstante sus achaques y las incomodidades de los viajes, Fray Junípero, sin reparar en ellos, toma el camino de la Corte del Virreinato de Méjico, para tratar allí la marcha de las misiones y solucionar las impertinentes y molestas discrepancias habidas con el Gobernador de California. El Virrey D. Antonio María Bucareli recibió con afecto singular al celoso misionero. Escuchó sus razones y quedó persuadido tanto de sus argumentos como de su celo y santidad. Serra actuaba con tal entusiasmo y firmeza, que no sólo convenció y salió airoso de sus gestiones, sino que además pudo volver a sus misiones cargado con abundantes alimentos, telas y utensilios de toda clase.

Con tales refuerzos y amparado en las nuevas normas dictadas para el gobierno de la Provincia de California, elaboradas por él y aprobadas por el Virrey, Junípero inyecta mayores entusiasmos a sus misioneros, y de nuevo se abren más amplios horizontes al celo evangelizador de aquellos hombres.

Ya habían sido fundadas las misiones de San Diego, San Carlos en Carmelo, San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo; ahora se establecerán las de San Francisco, San Juan de Capistrano, Santa Clara y San Buenaventura. Además, se inicia la fundación de Santa Bárbara, que el P. Serra no llegará a ver coronada porque le visitará antes la hermana muerte.

Su celo por las almas y su dinamismo por levantar más obras, lo espoleaban continuamente para trasladarse de cerro en cerro, entre valles y montañas, y así poder congregar al indio disperso y desprovisto de todo, dándole cobijo y sustento junto a la acogedora misión. Miles y miles de kilómetros pisó en su fecunda vida. Cojeando y valiéndose de un bastón, cruza repetidas veces los floridos campos californianos para visitar las misiones y estar con sus hermanos los misioneros. A todos escucha y atiende. Se hace cargo de cada situación concreta. Busca y presenta acertadas soluciones. Da nuevas orientaciones y consejos acertados. Predica, bautiza, confirma, confiesa y aún le queda tiempo, para él el más precioso, en el que se ocupa de los problemas y necesidades de sus queridos indios.

Aquel hombre de temperamento fuerte y de carácter firme, pero afable, de dotes singulares y de ambiciosas iniciativas, nunca cedió ni jamás retrocedió. Pero al fin cayó rendido en el encuentro con la hermana muerte. Su fallecimiento ocurrió el 28 de Agosto de 1784, en la Misión de San Carlos Borromeo, junto al río Carmelo, cerca de Monterrey.

Entonces pasó a gozar de un merecido premio y descanso en el seno del Padre, junto a los indios que él redimió y que le precedieron: sin duda salieron a recibirle en solemne cortejo a las puertas de la eternidad gloriosa, en compañía de la Virgen, los Angeles y los Santos, cuya devoción tantas veces les inculcó.

Los que quedaron a su lado, lloraban desconsolados la pérdida de un verdadero padre. Experimentaban la triste desaparición de su gran bienhechor. Como expresión del más sincero agradecimiento, amortajaron al«Padre viejo», como así le llamaban cariñosamente, con sus abundantes lágrimas de pesar y las flores de aquellos campos, tantas veces hollados por esos pies ahora fríos, desnudos y trabados sin poder dar un paso más.

Además de la inmensa actividad misionera y civilizadora desarrollada durante toda su vida por el P. Serra, a su iniciativa se deben las nueve primeras misiones de las veintiuna fundadas por los franciscanos españoles en la Alta California; aquellas nueve se establecieron mientras Fray Junípero desempeñaba el cargo de Presidente de todos los religiosos residentes en aquellas lejanas tierras. Con razón, su discípulo, amigo y biógrafo, el P. Francisco Palou, dejó grabadas estas proféticas palabras: «No se apagará su memoria, porque las obras que hizo cuando vivía han de quedar estampadas entre los habitantes de la Nueva California».

Desde entonces, su vida, obra y virtudes han merecido la más encomiástica exaltación y gloria, por toda clase de personas, tanto en el orden humano como espiritual. La piedra y el bronce, incluso el cemento, perpetúan su memoria en esbeltos monumentos levantados por donde pasó. La pintura y la escultura han plasmado con variedad de formas y belleza su figura. Las letras no se han quedado en zaga a la hora de transmitirnos sus hazañas y cantar sus glorias.

El 25 de septiembre de 1988, Juan Pablo II, que había visitado la tumba de Fray Junípero en la Misión de San Carlos, lo beatificó solemnemente en Roma.

CARTA DE DESPEDIDA DE FRAY JUNÍPERO

Como ya hemos indicado, Fray Junípero, para no apenar a sus padres, emprendió el viaje a América sin despedirse de ellos. Mientras esperaba en Cádiz el momento de embarcar, escribió esta carta, que va dirigida a sus ancianos padres, pero que, por no saber ellos leer, la envía a un fraile residente en Petra, el P. Francisco Serra, que no es familiar suyo, para que éste se la lea.

«Jesús, María, Joseph».

Carísimo amigo en Cristo Jesús, Padre Francisco Serra. Ésta va de despedida, pues estamos ya para salir de esta ciudad de Cádiz y embarcarnos para México. El día fijo no lo sé, pero están ya cerrados los baúles de nuestros trastillos, y se dice que dentro de dos, o a lo más en 3 ó 4 días, se hará a la vela el navío llamado Villasota, en el que hemos de embarcar. Habíamos pensado que fuera más pronto; por esto os escribí que para cerca de San Buenaventura, pero se ha retardado hasta ahora.

Amigo de mi corazón, me faltan en ésta palabras, aunque me sobren afectos para despedirme y para repetiros la súplica del consuelo de mis padres, a quienes no dudo no les faltará su aflicción. Yo quisiera poder infundirles la gran alegría en que me encuentro, y pienso que me instarían a seguir adelante y no retroceder nunca.

Deben advertir que el cargo de Predicador Apostólico, y máxime adjunto con el actual ejercicio, es lo más que ellos podían desear para verme bien establecido.

Que su vida, como son ya tan viejos, es ya muy deleznable, y casi preciso que sea breve. Y si la saben comparar a la eternidad verán claramente que no puede ser más que un instante. Y siendo así, será muy del caso y muy conforme a la santísima voluntad de Dios que reparen poco en la poquísima ayuda que yo les pueda hacer en las conveniencias de esta vida para merecer de Dios nuestro Señor que, si no nos volvemos a ver en esta vida, estemos juntos para siempre en la Gloria.

Decirles que yo no dejo de sentir el no poder estar más cerca de ellos, como estaba antes, para consolarles, pero pensando también que lo primero es lo primero, y que antes que ninguna otra, lo primero es hacer la voluntad de Dios cumpliéndola; por amor de Dios los he dejado, y si yo por amor de Dios y con su gracia, tengo fuerza de voluntad para dejarlos, del caso será que también ellos, por amor de Dios, estén contentos al quedar privados de mi compañía.

Que se hagan cargo de lo que sobre esto les dirá el confesor y verán que, en verdad, ahora les ha entrado Dios por su casa. Con santa paciencia y resignación ante la divina voluntad, poseerán sus almas, porque alcanzarán la vida eterna.

Que no atribuyan a nadie, sino sólo a Dios Nuestro Señor, lo que lamentan, y verán cómo les será suave su yugo y se les mudará en gran consuelo lo que ahora tal vez padecen como una aflicción. No es hora ya de alterarse ni afligirse por ninguna cosa de esta vida, y así de conformarse en un todo con la voluntad de Dios, procurando prepararse para bien morir, que es lo único que importa de cuantas cosas pueda haber en esta vida, pues alcanzando aquélla, poco importa que se pierda todo lo demás; y si no se alcanza, nada aprovecha todo lo demás.

Que se alegren de tener un sacerdote, aunque malo y pecador, que todos los días, en el Santo Sacrificio de la Misa, ruega por ellos con todas sus fuerzas y muchísimos días aplica por ellos solamente la Misa, porque el Señor los asista, porque no les falte lo necesario para el sustento, les dé paciencia en los trabajos, resignación a su santa voluntad, paz y unión con todo el mundo, valor para resistir a las tentaciones del demonio y, finalmente, cuando convenga, una muerte lúcida y en su santa gracia.

Si yo, con la ayuda de la gracia de Dios, llegase a ser un buen religioso, serían más eficaces mis oraciones y no serían ellos poco interesados en esta ganancia; y lo mismo digo de mi querida hermana en Cristo, Juana, y Miguel mi cuñado: que no piensen en mí por ahora sino para encomendarme a Dios para que yo sea un buen sacerdote y un buen ministro de Dios; que en esto estamos todos muy interesados, y esto es lo que importa. Recuerdo que mi padre, cuando tuvo aquella enfermedad, tan grave que lo extremaunciaron, y yo, que ya era religioso, lo asistía, pensando que ya se moría, estando él y yo a solas, me dijo: «Hijo mío, lo que te encargo es que seas un buen religioso del Padre S. Francisco». Pues, padre mío, sabed que tengo aquellas palabras tan presentes como si en este mismo instante las oyera de vuestra boca. Y sabed también que para procurar ser un buen religioso emprendí este camino.

No estéis afligidos porque yo haga vuestra voluntad, que es también la voluntad de Dios.

De mi madre sé también que nunca se descuidó de encomendarme a Dios con el mismo cariño para que yo fuese un buen religioso. Pues, madre mía, si tal vez por vuestras oraciones Dios me ha puesto en este camino, estad contenta de lo que Dios dispone y decid siempre en todos los trabajos: «Bendito sea Dios y hágase su santa voluntad».

Mi hermana Juana ya sabe que no hace mucho que se vio a las puertas de la muerte y el Señor por los méritos e intercesión de María Santísima, le restituyó la salud perfecta. Si hubiera muerto, a estas horas no tendría pena el que yo estuviese o no en Mallorca; pues que dé gracias al Señor y acate lo que Él dispone, ya que lo por Él dispuesto es lo que conviene, y es muy creíble que el Señor le concediese a ella la salud para que pudiera servir de consuelo a los buenos viejos, ya que yo habría de irme.

Alabemos a Dios, que Dios nos ama y nos estima a todos. Cuñado Miguel y hermana Juana: os suplico muy de veras lo que antes os encargué, esto es, que continuéis entre los dos con gran paz y quietud; que procuréis respetar, sufrir y consolar a los viejos, y que tengáis diligentísimo cuidado en la buena crianza de vuestros hijos; y a todos juntamente os encargo que seáis cuidadosos en ir a la iglesia a confesar y comulgar con frecuencia, practicando el ejercicio de la Vía Sacra, y que procuréis totalmente ser buenos cristianos.

Yo confío que así como hasta aquí me han sabido encomendar a Dios para que me asistiese no dejarán de hacerlo igual de aquí en adelante y que suplicando al Señor mutuamente yo por ellos y ellos por mí, el Señor mismo nos asista a todos y nos dé en esta vida su santa gracia y después de esta vida la gloria.

¡Adiós, padre mío! ¡Adiós, madre mía! ¡Adiós, Juana, hermana mía! ¡Adiós, Miguel, cuñado mío! Cuidado con que Miguelito sea buen cristiano y buen estudiante, y que sean buenas cristianas las dos chicas. Y confianza en Dios, que tal vez les valga de algo su señor tío. ¡Adiós, adiós!

Carísimo hermano Padre Serra, adiós. Mis cartas, de aquí en adelante, serán, según dije, más espaciadas; mas en lo que respecta al consuelo de mis padres, hermana y cuñado, atended al buen cariño que os he dicho, a vos primero y sin semejante, y después al Padre Vicario, al Padre Guardián, Padre Mestre, les digo y confío que «epistola mea omnes vos estis» [«todos vosotros sois mi carta», cf. 2 Cor 2,3]. El Padre Vicario y Mestre, si viene bien, que se encuentren presentes cuando se lea esta carta, si lo halla conveniente para mayor consuelo. Y que sea sin la reunión de otras personas, sino a solas, delante de los cuatro: padre, madre, hermana y cuñado.

Y si alguien más haya de oírlo sea la prima Juana, vecina, para la cual añadiréis muchas y cordialísimas memorias, como también a su marido, al primo Roig, la tía Apolonia Boronada Jorja y demás parientes.

Memorias a cada uno de los individuos de esa comunidad de Petra, sin omitir ninguno, y máxime fray Antonio Vives.

Memorias al Dr. Fiol, su hermano; al señor Antonio, su padre y a toda su casa.

Memorias muy especiales al Amon Rafael Moragues Costa y a su esposa; al Dr. Moragues, su hermano y a su señora, y lo mismo al Dr. Serralta; al Señor Vicario Perelló, señor Alzamora, al señor Juan Nicolau y el regidor Bartolomé su hermano y a toda la casa. Y para abreviar, a todos los amigos.

Al Padre Vicario, que confío en que llegará el libro del santo Negro, pues si no ha llegado de Madrid cuando yo saliere ya dejo orden aquí para que cuando vayan los Fornaris a Mallorca se lo lleven. Y que procure inducirle devoción hacia mi señor S. Francisco Solano.

La adjunta va a Mado Maxica, vecina del convento, y es de su hijo Sebastián, que ha llegado de las Indias y me parece que se da buen trato.

Finalmente, el Señor nos junte en la gloria y guarde de presente a Vuestra Reverencia muchos años, como os lo suplico.

De esta casa de la santa misión y ciudad de Cádiz, a 20 de agosto de 1749.

El lector Palóu da a Vuestra Reverencia muchísimas memorias y se las dará de parte de los dos al señor Guillermo Roca y a su casa.

Cordial amigo en Cristo,
Fray Junípero Serra, indignísimo sacerdote.
Reverendo Padre Fray Francisco Serra, Religioso Menor.

CARTA DEL P. GEIGER AL PADRE SERRA

El P. Maynard J. Geiger, franciscano, de la Provincia de Santa Bárbara de California, consagró toda su vida, por disposición de los superiores, a la investigación y estudio de la vida y obra de Fray Junípero Serra. Usando los medios de trasporte a su alcance, incluidas muchas horas de camino a pie, recorrió los lugares por donde había pasado el gran misionero de aquellas tierras, y visitó todos los sitios en que suponía que podía encontrarse algún dato o documento referente a Fray Junípero o que pudiera ayudarle a conocerlo mejor. Tras muchos años de intensa investigación, consiguió reunir más de diez mil documentos que iluminan la figura del P. Serra. Tan prendado quedó de la personalidad de este extraordinario misionero y civilizador, que al final, entusiasmado, le escribió la siguiente carta que, evidentemente, es anterior a la beatificación de Fray Junípero.

Misión Santa Bárbara. California. Noviembre, 1943.

Carísimo Padre Serra:

Creo que ya te conozco tan íntimamente, que a veces me imagino ser tu compañero de viaje, tanto en alta mar como en aquellas largas y laboriosas caminatas tuyas por Méjico y California. Los mismos reportajes y cartas que tú escribías tan llenos de lógica persuasiva, tan repletos de planes para extender el Reino de Dios, tan llenos de visión de largo alcance combinados con un sentido práctico poco ordinario. Todo me parece misivas personales que me escribías, y no sólo tú mismo me revelas tu gran personalidad; también aquel estudiante, compañero y admirador tuyo, Fray Francisco Palou, me cuenta muchas cosas de ti que tu innata modestia te hubiera prohibido decirme.

Tus cartas, en verdad, serían del agrado de San Bernardo, porque se conforman con sus principios: «No disfruto de lo que me escribes a no ser que lleve el eco de Jesús». Tú pensabas en aquel santo nombre en tus horas de vigilia. Frecuentemente lo grababas con amor en las páginas de tus cartas, y mientras dormías, según atestigua el Padre Palou, a menudo exclamabas: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

Me parece poder seguirte desde la humilde y encantadora Petra hasta el famoso y pintoresco Monterrey, último término de tu terrena peregrinación.

Te veo caminar, con paso todavía débil, acompañado de la mano de tu padre, al templo franciscano de San Bernardino, y oigo allí aquellas primeras notas que salían de tu voz infantil y que más tarde sonaban como trompetas de clarín, aún hasta tu último «Tantum Ergo». Hiciste que la música de Dios se oyera hermosa en dos continentes.

Contemplo cómo vestiste el hábito del Pobrecillo de Asís, y te veo crecer en fervoroso celo y nostálgica oración, mientras siendo novicio en el convento de Jesús Extramuros te vas convirtiendo en misionero en potencia y mártir en deseo. Hiciste tus votos, y nunca te olvidaste de aquel día. «Viniéronme por la profesión todos los bienes», decías. Nunca dejaste de renovar estos votos anualmente, aunque los testigos fueran tan sólo los cactus del desierto, y la única luz, las brillantes estrellas del firmamento.

Al igual que en el caso de otros religiosos, tu vida de preparación para el sacerdocio fue obscura y sin sentido para el mundo exterior; pero allí sembraste la semilla de la futura grandeza. Como estudiante fuiste inteligente; como profesor, tan profundo como popular. Tu consejo era requerido por las altas esferas, al tiempo que eras suficientemente humilde para catequizar al ignorante.

Traigo a la memoria el emocionante acontecimiento de tu encuentro con el P. Palou en tu celda de Palma, cuando mutuamente os revelasteis vuestra vocación misionera, que reconocíais como llamada de Dios; y recuerdo la despedida de tus ancianos padres sin hablarles de tu ulterior destino. Fue duro para ellos, pero quizá más duro para ti, siendo como eras un hijo tan amante; pero no querías que se dijera de ti en el día del juicio: «Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí». Tú no podías escoger el camino de la indecisión.

Defendiste la fe contra las injurias del herético inglés en tu primer viaje en barco, aun cuando te hubiera podido arrojar a la mar. «Quien me confiese ante los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre celestial». Cuando las olas tumultuosas amenazaban tanto a ti como a tus compañeros en un inminente naufragio, noto aquella profunda fe tuya en Dios y en la intercesión de los santos, y cómo llegabas salvo a las playas de tus futuros campos de labor.

Durante el tiempo de tu vida caminaste y caminaste, aun cuando legítimamente hubieras podido haber cabalgado. Trabajaste y trabajaste, cuando razonablemente hubieras podido tomarte un descanso. Ni siquiera aquella pierna tuya dolorida pudo cambiar tus planes ni alteró tu política. Sangrante, fatigado y con dolor caminabas por los campos misionales, como la fiera herida que cojea a través del bosque que ama. No obstante, con todo este dolor, aun te parabas y contemplabas las rosas, aunque sólo por breves momentos, porque el único pensamiento ardiente de tu mente y la única pulsación de tu corazón eran las almas de los indios, pues el ver un aborigen sin convertir te hacía exclamar: «Induimini Dominum Jesum Christum» (Revestíos del Señor Jesucristo).

Penetras en la Sierra Gorda como voluntario de Cristo y conviertes aquella zona montañosa en frondoso jardín, rejuvenecido con el Reino de Cristo. El Salvador Crucificado, su Madre Inmaculada, los Santos Angeles, vinieron a ser los héroes venerables de los Pames.

Viajaste por los anchos caminos y por los estrechos senderos de Méjico, llamando a los pecadores al arrepentimiento, teniendo por nada la hambre y la fatiga, el calor y el frío, con tal de que fuera mejor conocido y amado Cristo el Señor.

Cruzas el Golfo de California y vas a un páramo sembrado de misiones, en donde edificas sobre fundamento de otros. Mas tus anhelos no se satisfacen hasta que das con el corazón del país realmente pagano, donde el nombre de Cristo jamás había sido mencionado, y allí manifiestas tu más genuino celo.

Mantienes fijos los ojos en la estrella del norte celestial, a fin de añadir nuevas tierras al reino cristiano. Si otros hubieran sido tan celosos y dinámicos como tú, hubieras llegado a ser el Apóstol de Alaska, así como lo eres de California. Para ti la tierra no tenía fin. Siempre adelante, siempre adelante, por Cristo.

Las únicas rosas en tu vida fueron las de la orilla del camino; tu cama, una tabla. Cada paso que dabas era un dolor, cada movimiento era una angustia para tu alma, porque aquellos que debían ayudarte gozaban de colocar obstáculos sobre tu camino. Pero como lograste tal éxito, a pesar de la escasa ayuda recibida, la gente hoy te aclama como un héroe y pionero de pioneros. Y porque tu móvil era sobrenatural, la gente ya te aclama como santo y espera con ansias la declaración oficial de la Iglesia que tú amaste.

A través de tus cartas sé cuan tenaz, cuesta arriba, esforzada y cuajada de obstáculos fue tu carrera, pues en ellas reflejas los dolores de cabeza y corazón de aquellos tempranos días de labor por Cristo.

Yo comparto contigo tus alegrías y tus penas; tus temores y tus momentos de victoria. Siempre que poso sobre la colina del Presidio de San Diego, sobre aquel lugar el más sagrado de California, te veo arrodillado en oración, con la cruz del Crucificado en una mano y en la otra la imagen de Nuestra Señora, rezando en voz alta mientras la flecha india hiere la mano del Padre Vizcaíno y mata a tu sirviente indígena.

Te veo alborozado en San Antonio cuando suenas las campanas misionales recién levantadas, a fin de que el mundo entero conozca y acuda a Cristo.

Yo te acompaño de vuelta a Méjico para interceder por la causa de las misiones, cuando veías que podían frustrarse tus planes más nobles. Te oigo denunciar a los soldados inmorales y me pongo a tu lado, cuando igualas tu ingenio al de los astutos gobernantes. Te veo enrojecer con ira justificable, porque eres hombre y no ratón. San Pablo era así. Dicen que eras manso. Sí, lo fuiste, pero tu mansedumbre jamás degeneró en debilidad. Tenías un Amo a quien servir y almas a quienes salvar. Tu espíritu dinámico era necesario a los ojos de Dios para ganar las victorias que conquistaste. En este aspecto siempre te defenderé.

A lo largo de la dorada playa, veo levantarse nueve misiones blancas y hermosas que la gente aclama como lo más pintoresco de California. Puedes haber reconocido esto, pero tus pensamientos fueron para las almas indias. Un indio sin redimir hacía sangrar tu corazón; la misión sin fundar espoleaba tu celo, mas con todo tú eras paciente y prudente. Los niños de piel cobriza de los desfiladeros y los llanos se acercaban confiados a ti, porque veían en ti al ser sin egoísmos e interesado sólo por ellos. A sus almas dispensabas el alimento espiritual de los Santos Sacramentos y a sus cuerpos dabas comida y vestido.

Tu labor terminada, tu cuerpo roto, pero tu espíritu valiente hasta el fin lo recuerdo en la escena tuya en el Santo Carmelo. Tan única y edificante que ha sido plasmada en lienzo e inmortalizada en la literatura. Ningún hombre murió como tú. Y entonces en un vuelo abres tu camino hacia Dios, para gozar del primer y verdadero descanso. Quienes te enterraron y para quienes fuiste caballero y asceta hasta lo último, creen que fuiste derecho a Dios. Esto lo testificaron en tantísimas palabras, cuando escribieron a Méjico y a España, declarando que eras un santo. Sus declaraciones las tengo siempre a mi lado. Serán valiosos testimonios cuando sea voluntad de Dios tu canonización. Tu sepulcro es glorioso y los pueblos vienen y se postran en donde tú pasaste al Creador. Te llaman Padre Serra, hombre de hombres, hombre de Dios.

Querido Padre, tu gloria futura entre hombres está en las manos de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos. Quizá nuestras oraciones no son aún bastante fervorosas, nuestra fe no sea la fe que mueve montañas. Si a través de tu intercesión se engendra en nosotros una fe verdadera y un fervor profundo, entonces se habrá logrado un glorioso comienzo.

Hace mucho tiempo que moriste, y aun cuando eres mejor conocido, van surgiendo tantos obstáculos en el camino de promover tu causa, que he llegado a la conclusión de que tu camino hacia los altares ha sido algo paralelo a tu carrera en la tierra: un período de olvido, un período de incomprensión y negligencia, un período de batalla y después el tiempo coronará el logro y la victoria. Contigo exclamo: «¡Paciencia, paciencia! ¡Fiat voluntas Dei!», «¡Hágase la voluntad de Dios!».

Tengo a San Antonio en la pista de tus cartas, aquel a quien tú llamabas «mi amado San Antonio». Tu ejemplo y tu intercesión suministrarán la paciencia y el celo invencibles, necesarios para proseguir tu causa a despecho de la guerra, la miopía humana y la «demora de la ley», inevitable en tu caso a consecuencia de las muchas cosas que escribiste, dijiste e hiciste. Pero la fe que tengo en tu causa nunca se obscurecerá, así como tu fe en el éxito de tu misión en California nunca disminuyó.

Tu progreso hacia los altares puede ser lento, pero cuando llegues allí yo aseguro un rejuvenecimiento espiritual del que California está necesitada. Tenemos una tierra de hermosura que mana leche y miel. Tenemos por tu causa ricas tradiciones espirituales, negadas a otros lugares. Sin embargo, no somos tan ricos en los valores del espíritu como deberíamos serlo. Quizá pensamos demasiado en términos de Hollywood, yates y magníficas autopistas. Sabes que ya no hacemos muchas caminatas y si guardamos vigilias hay luces de neón en la vecindad.

Cuando se coloque la aureola en torno a tu cabeza, el sacrificio de sí mismo, el amor al prójimo, la búsqueda primero del Reino de Dios significarán mucho más para todos los californianos. Estoy seguro. Carmel será entonces la meta de nuestros caminos terrenos y, de allí en adelante, muchos comenzarán a pisar el sendero estrecho, como el de tu propio Camino Real de antaño, hacia la playa de la eternidad.

Tu amigo,
Fr. Maynard

http://www.franciscanos.org/santoral/junipero02.html

Petra (Mallorca, España), 24-noviembre-1713

+ Monterrey (California, EE.UU.), 28-agosto-1784

25-septiembre-1988

 

 

Mallorca, la isla mediterránea, con su celebrado horizonte marítimo, es la patria de Miquel Serra Ferrer. Cuando aún no se había acabado del todo la Guerra de Sucesión, en una de las antiguas villas del Pla de Mallorca, con el nombre latino de la piedra, Petra, conservado durante la dominación musulmana, nace allí, Miquel, el día 24 de noviembre de 1713. El día 25 de noviembre, en la bella y grandiosa parroquia gótica de San Pedro, entonces aún en construcción, recibe las aguas bautismales, de manos del vicario Bartomeu Lladó, y, como de costumbre en los varones, se le añadió el nombre de José. Miquel Josep figura en la partida bautismal de la parroquia, aunque en otros libros figura solamente como Miquel.

 

Sus padres Antonio y Margarita, un matrimonio entre los dos mil doscientos habitantes que tenía la villa, vivían pobremente del trabajo honrado de cantero y labrador del padre. A lo menos desde los seis años de Miguel, viven en la calle Barracar, situada en la parte más antigua de la población, muy cerca del convento de San Bernardino de los Franciscanos Menores. Entre almendros, higueras, manzanos, perales, unos pocos naranjos y sobre todo cultivos de cereales y legumináceas, propios del Pla de Mallorca, el trabajo del cultivo del campo y de los sillares de marés para la construcción, trabajos de la gente humilde del pueblo, pasará su infancia y adolescencia el muchacho Miguel. Buen principio y óptima vivencia, para quien querrá unir en su día, la cruz con el arado y con las construcciones.

 

En el corazón de cualquier hijo de Petra está en un lugar preeminente la ermita de Nuestra Señora de Bonany, del Buen Año, de la Buena Cosecha; hasta en California, cuando ya viejecito, se acordará del título de María del Buen Año para ponerlo en su bautismo a una pequeña nativa.

 

El mundo del santo de las Florecillas, San Francisco (-4 de octubre), empezará a entrar en su mente y hasta en su ideal de vida. En el convento se inicia el contacto con los hijos de San Francisco; allí aprende las primeras letras, el canto litúrgico, sirve al altar. A los trece años se traslada a Palma, ya con la intención de poder entrar en la provincia de Mallorca de los hijos de San Francisco. Muy bajo de estatura, poca salud y raquítico, cosas que le dificultaban la entrada, que por fin consiguió del padre Antonio Perelló, provincial, también hijo de Petra. Como de costumbre cambió su nombre de pila con la profesión religiosa y fue el humilde compañero de San Francisco, el hermano Junípero de los Fioretti, quien le sustituyó su bautismal Miguel. Junípero, será en el futuro su nombre inseparable Junípero, como Ramón Llull (-27 de noviembre), cuyo sepulcro se guarda en el convento franciscano de Palma, donde residió siempre después de su profesión, tenía la meta de la sabiduría y también, como en Ramón Llull, irá naciendo en su interior la preocupación por la predicación del Evangelio entre los no cristianos. Inteligente y aprovechado estudiante, antes de la ordenación sacerdotal ya le vemos como profesor de Filosofía en el convento de San Francisco de Palma; pero muy pronto, ocupará un lugar preeminente en la Universidad de Mallorca, será catedrático de Prima de Teología Escotista, cuando aún no ha cumplido los treinta años. En los archivos de la Universidad consta el doctor Junípero en tesis, exámenes, actos académicos. El padre Francisco Palou, en su Relación Histórica, hace referencia al sermón sobre el Beato Ramón Llull, el sermón de la fiesta de la Universidad, anotando el juicio de uno de los personajes del momento diciendo sobre el mismo que habría que imprimirlo con letras de oro.

 

Su actividad no es sólo la de las clases en la Universidad Mayoricense, predica en diversas poblaciones, especialmente las cuaresmas, que entonces iban unidas a predicaciones continuas; diversos lugares de Mallorca recuerdan su presencia.

 

Pero él pensaba en las multitudes de los indios de América, quería ser misionero. El Patronato de los Reyes de España y Portugal condicionaba que, para ejercer en aquellas tierras, era necesario un nombramiento específico. Lo solicitó él y el padre Francisco Palou. No les llegaba. Estando acabando la predicación de la Cuaresma en Petra, por fin lo tuvieron entre sus manos. Junípero, como de costumbre, hizo el último sermón cuaresmal el martes de Pascua en el santuario de la Virgen de Bonany; se despidió de sus paisanos y de sus mismos padres, guardando total secreto sobre su partida para tierras americanas. Al cabo de muy pocos días dejó su Mallorca para siempre. Era el domingo «in albis», 13 de abril de 1749. Tenía entonces treinta y cinco años, muy bien aprovechados y con mucho futuro.

 

 

«SIEMPRE ADELANTE, NUNCA HACIA ATRÁS»

 

Ésta es la frase que pone en la carta que dirigió a sus ancianos padres, escrita en la lengua materna. Se despide de ellos como hijo que les amaba y les dice que si comprendiesen bien lo que significa la empresa misionera que ha iniciado en su vida, ellos mismos serían los que le animarían a ir siempre adelante y nunca retroceder. Ésta fue su manera de actuar. Con humildad, con espíritu de servicio, a la manera franciscana, no retrocedió nunca en aquello que era bueno para el servicio de Dios y la conversión y el bien de los que iba evangelizando, especialmente en las obras que llevó a cabo entre los indios.

 

Fray Junípero y el padre Francisco Palou no llegarán a México, fin de su destino, hasta casi ocho meses después. Pasan por Málaga y llegan a Cádiz para desde allí cruzar el Atlántico. Tienen que unirse a otros religiosos, franciscanos y dominicos, pero algunos de ellos cuando ven el mar y la frágil nave que los había de transportar, se vuelven atrás. Es entonces cuando ofrecen los nombres de otros religiosos de la provincia franciscana de Mallorca: el padre Juan Crespí, el padre Rafael Verger y el padre Guillermo Vicens. En el futuro, será una constante la llegada de nuevos compañeros para misioneros en tierras americanas, desde la provincia franciscana de Mallorca. Esta presencia mallorquina será especialmente importante en la gran obra de California.

 

Pasan por la isla de Puerto Rico, descanso de las muchas penalidades del viaje, incluida la sed. Pero los quince días que están allí los aprovecha el padre Serra y sus compañeros para predicar una misión popular a los que vivían en la isla. Poco antes de su llegada a México pasan uno de los momentos más difíciles del viaje, estuvieron a punto de naufragar.

 

El 7 de diciembre, después de más de noventa días, ponen el pie en el continente americano. Exhaustos del viaje necesitaban descansar; para ello tienen a disposición unos carruajes que les transportarían de Veracruz a México, unos 550 kilómetros; pero Junípero lleva el espíritu franciscano de sencillez y pobreza hasta el extremo y él y otro religioso de Andalucía pedirán para hacer el viaje a pie, viviendo de la caridad y no sabiendo dónde reclinar la cabeza. En este viaje Junípero empieza a tener en su cuerpo una presencia molesta, inseparable, en algunos momentos preocupante que le acompañará toda la vida: es su pierna llagada, probablemente por la picadura en aquellos días de un zancudo tropical. Una visita al santuario de Guadalupe en el último día del año 1749, y la celebración de la misa en el día de Año Nuevo, es el comienzo de su misión en tierras de México.

 

El Apostólico Colegio de San Fernando de México será desde ahora, hasta su muerte en 1784, el centro de su vida, residiendo allí, o bien como lugar que programaba y dirigía las actividades misioneras de los franciscanos. Allí estará, después de su llegada, cinco meses como un noviciado o preparación para la obra evangelizadora entre los gentiles.

 

Junio de 1750 hasta septiembre de 1758: las misiones en Siena Gorda, su primer destino. Ocho años incansables, que pasará en compañía del padre Francisco Palou. Catequesis, erradicación de la idolatría, promoción humana. Aprendió la lengua pame de los indios para poder llegarles a su inteligencia y a su corazón. Trae de México un maestro albañil, que ayudado de una veintena de indios, con el hasta hace poco tiempo catedrático universitario, fray Junípero, haciendo de peón, trasladando vigas sobre sus hombros como los indios, levantaron la preciosa iglesia de Xalpán. Retablos dorados y hasta un órgano de tubos, que tocaba un indio. Agricultura, comercio de los productos, trabajo para las mujeres. Una vida humana y organizada, tal como hará después en la Alta California. El Evangelio, según la mentalidad del hijo de la pobre familia de agricultores y canteros de Petra, va unido a la consecución de una vida digna, fruto del trabajo. Será la constante de la obra de liberación humana, siguiendo el Evangelio, de nuestro Junípero y sus compañeros franciscanos.

 

Llega una carta del padre guardián de San Fernando. Los padres Junípero y Palou son solicitados para una difícil y arriesgada tarea misional en Texas, entre los indios apaches, en una misión en la zona del río San Sabá, afluente del Colorado. Los padres Alonso y Santisteban habían regado la tierra misional con su sangre; se pudo salvar el tercer miembro de la comunidad, el padre Molina. Había que seguir el camino iniciado por los hermanos, los padres Serra y Palou dejan Sierra Gorda, contentos con el nuevo destino, en el cual era muy posible que diesen la máxima prueba de amor, dar su vida por el Evangelio de Jesucristo.

 

Diversas circunstancias hicieron que, lo que parecía un cambio inmediato y urgente, tuviese que esperar. No dependía de ellos, ya que la obra misionera cristiana, desgraciadamente, iba unida a los intereses políticos, y hasta a la misma ayuda económica de la Corona española y sus representantes los virreyes de México. La obra de la Alta California, como veremos, padecerá continuamente los graves problemas que acarreaba esta sujeción y ayuda. Pero, si uno quería ser misionero, tenía que pasar por aquí.

 

La expectativa de ir a misionar a los apaches, por fin no se hará realidad para fray Junípero, sino que desde 1758 hasta julio de 1767 tendrá su centro de actuación en el colegio misional de San Fernando de México: maestro de novicios, comisario de la Inquisición, misiones populares a los fieles en diversas partes de Nueva España.

 

 

HACIA CALIFORNIA

 

La supresión de los jesuitas por Carlos III impone, sobre todo a franciscanos y dominicos, nuevas responsabilidades misionales al tenerlos que sustituir. El nombre de California entonces empieza a ir unido a la persona y compañeros de fray Junípero. Hay la Baja California, la península, que actualmente forma parte de la República de México y la Alta California, que desde 1848 llegará a ser uno de los estados de la Unión Americana. Fray Junípero empieza su labor misionera por la Baja California, adonde llega en marzo de 1768. Será el prólogo de su gran obra, la Alta California. Dieciséis misioneros jesuitas son sustituidos por dieciséis franciscanos.

 

Fray Junípero es elegido presidente, lo cual quiere decir que une la función de superior religioso a la de ordinario eclesiástico de las nuevas Iglesias. En lenguaje canónico actual vendría a ser como un prefecto apostólico de las tierras californianas, pero con menor jurisdicción y menores competencias. La Baja y la Alta California forman una unidad misional, hasta que, en 1772, las misiones de la Baja California pasan a los dominicos. El padre Francisco Palou será el vicepresidente, con misión de sustituirle en caso de muerte o imposibilidad: dos almas siempre unidas desde la juventud. El guardián de San Fernando venía a ser el provincial, con responsabilidad sobre todas las misiones que tenían encomendadas.

 

La entrada en la Alta California era razón de Estado de la Corona española. Si no se ocupaban aquellas tierras, Rusia lo haría; además los ingleses, con sus colonias americanas, no estaban tan lejos. Las tierras de clima mediterráneo del Oeste Americano interesaban a otros; por esto hay la orden y hasta prisa de ocuparlas anticipadamente. El conjunto de los franciscanos busca la cristianización y promoción de los indios; con esto, consciente o inconscientemente, eran los máximos colaboradores de la Corona, y como siempre, están bajo su patronato y subvención económica. Era así, y no faltarán muchos disgustos por este motivo, en la obra californiana del Beato Junípero. No podemos ignorar que estamos en el siglo de la Ilustración y faltan pocos años para la Revolución Francesa.

 

La llaga de la pierna... aparece más virulenta y más inoportuna que nunca, en este camino hacia la Alta California. Siempre será su terrible acompañante, una prueba del Señor que hubiese arredrado a cualquiera. Le aconseja el gobernador, Gaspar de Portolá, que se retire a descansar a la cercana misión para restablecerse; pero él ante esta proposición responde: «No me hable de esto, porque yo confío en Dios que me ha de dar fuerzas para llegar a San Diego, como me las ha dado para venir hasta aquí; y, en caso de no convenir, me conformo con su santísima voluntad. Aunque me muera en el camino, no vuelvo atrás; a bien que me enterrarán, y quedaré gustoso entre los gentiles, si es la voluntad de Dios». Pidió a Dios su curación, porque no podía seguir y no consentía que le llevasen en parihuelas los indios neófitos. Llamó al arriero Juan Antonio para que le curase; al decirle éste que sólo había curado las mataduras de las bestias, le respondió: «Haz cuenta que soy una bestia y hazme el mismo medicamento que aplicarías a una bestia». Tomó sebo con hierbas, lo machacó, lo frió y se lo aplicó. Durmió aquella noche y quedaron admirados de que recobrase tan repentinamente la salud.

 

 

PADRE DE CALIFORNIA

 

El día 1 de julio de 1769 llegaron a la costa del Pacífico, el deseado Puerto de San Diego. Empieza su máxima obra, la fundación de California. Ésta es obra de un conjunto de personas; pero, básicamente, Junípero será considerado por la historia y en la conciencia popular, padre de una cristiandad y padre de un pueblo. El padre Palou continúa en la Baja California, actuando de presidente hasta que dejaron estas misiones. El padre Juan Crespí será el buen compañero de Junípero hasta su muerte, acaecida el 1 de enero de 1782. Hay otro pequeño grupo de esforzados franciscanos, que después irá creciendo, siempre menos de los que eran necesarios. El catalán Gaspar de Portolá es el primer gobernador y jefe militar de la expedición. Serra y Portolá sintonizaron perfectamente. Catalanes son en buena parte los soldados de la última expedición expansiva española en América, llevada a término después del decreto de Nueva Planta. Los soldados serán en algunas ocasiones rémora en la evangelización y civilización de los indios, pero serán más frecuentemente imprescindibles colaboradores para dar seguridad a las misiones, y normalmente pondrán sus manos y saber en la construcción de edificios y en las tareas de asentamiento de poblaciones a la manera europea. La obra de California no fue una acción bélica sangrienta, sino que fue básicamente de diálogo y comprensión mutua respecto a los nativos, promovida en buena parte por los misioneros.

 

 

LAS «MISIONES», ORIGEN DE CALIFORNIA

 

San Diego, 16 de julio, la alegría de empezar a ser realidad. En el lugar escogido, la Cruz es levantada, la veneran; colgaron la campana y la tocan festivamente; bendijo el agua y con ella los terrenos que iban a albergar la misión; se preparó una barraca para que sirviese de capilla y una vez cantado el Veni Creator Spiritus, se dio por fundada la misión. Se abrieron los libros parroquiales. Desde cero han de conseguir la amistad de los indios. No conocen sus lenguas. Han de aminorar y hasta si es posible destruir el recelo de la presencia de aquellos nuevos instalados en sus tierras, sin duda para la mayoría de indios, considerados como unos intrusos, si no como enemigos. Así, en todas y cada una de las Misiones que se fundan.

 

1770, San Carlos de Monterrey, futura residencia del padre Junípero y primera capital de California. En 1771 se sitúan junto al río Carmelo, a poca distancia de Monterrey.

 

1771, San Antonio de Padua.

 

1771, San Gabriel Arcángel. Cerca de allí, se levantará el pequeño poblado de Nuestra Señora de Los Ángeles, origen de la gran urbe actual de Los Ángeles.

 

1772, San Luis Obispo de Tolosa.

 

1776, San Francisco, misión fundada por el padre Francisco Palou, origen de la ciudad actual.

 

1776, San Juan Capistrano.

 

1777, Santa Clara de Asís.

 

1782, San Buenaventura.

 

Sus sucesores continuarán la obra de construcción y constitución de misiones hasta veintiuna. El padre Francisco Palou y sobre todo el padre Fermín Lasuén y el padre Mariano Payeras, seguirán al Beato Junípero, dignamente y eficientemente, en la presidencia de las misiones. Algunos de los nombres de sus compañeros, a lo menos los primeros, no pueden ignorarse: los padres Francisco Dumetz y Lluís Jaume, de Mallorca; padre Ángel Somera, mexicano y Benito Gambón, gallego; padres Miquel Pieras y Bonaventura Sitjar, de Mallorca; padres Josep Cavaller y Domingo Juncosa, de Cataluña; padres Antonio Paterna, de Andalucía, y Antonio Cruzado de la provincia de Los Ángeles. El padre Junípero se emparejó, como un misionero más, con el padre Juan Crespí.

 

Normalmente cada misión juniperiana es una lucha entre la ilusión y valentía del grupo de franciscanos y las dificultades de diversa índole y procedencia que se tenían que solucionar o a veces simplemente sufrir pacientemente a la expectativa que llegasen tiempos mejores. La escasez de bienes materiales fue muy frecuente, hasta en algún momento hay que hablar de hambre: «Siempre adelante, nunca retroceder. Recordemos algunos hechos y circunstancias en que se encontraron.

 

Las autoridades civiles y militares. Estamos en una época de influencia del enciclopedismo francés; de un poder absoluto regio, el cual, en su parcela de poder, lo imitaban los poderes secundarios y dependientes de las tierras coloniales; con el regalismo, que suponía la sujeción de la Iglesia al dictamen de los poderes temporales. La Corona necesitaba a los misioneros; pero todos los que tuvieron poder político en California, exceptuados el primer gobernador Portolá y el virrey Bucarelli, después del contacto personal y el informe que le presentó el padre Junípero en México en 1773, fueron normalmente una pesadilla, una dificultad y un sufrimiento constante para fray Junípero. El Estado español corría con los gastos, y el misionero ponía su dedicación personal. Hecho histórico que ha de ser discutido y quizás también comprendido, pero que creó grandes problemas en el régimen y promoción de las misiones. ¡Cómo hubiesen gozado nuestros celosos e intrépidos misioneros, de poder contar con los modernos medios de la organización de la acción misional! El Beato Junípero y sus compañeros mallorquines pensaban en sus once conventos franciscanos, para que les ayudasen. La vida del padre Francisco Palou sobre su entrañable hermano desde la juventud, la Relación Histórica de Fray Junípero Serra, está dedicada precisamente a la provincia franciscana de Mallorca para que colaborasen.

 

Hasta el guardián de San Fernando, el también mallorquín padre Rafael Verger, se suma a las dificultades, al enviar en 1770 un informe, donde no comparte el entusiasmo de fray Junípero y sus compañeros ante la empresa californiana y dicta algunas normas de gobierno inaceptables: «Fúndense las misiones; pero sea como se debe, de modo que se verifique lo que significa el verbo fundar, que no es fundar perspectivas»; pero, no obstante, concluirá en el escrito: «Si tengo algún consuelo, es ver el gusto y alegría con que marcharon. Sus trabajos han sido y son indecibles. Y solo la divina Providencia pudo conservarles la vida; que si se hubieran muerto los más, no causara admiración alguna». Ante los cálculos humanos y hasta las maledicencias, nuestro Beato Junípero respondería: Paz y paciencia..., y siempre adelante». La verdad es que si no hay la ilusión de las perspectivas, no se llega nunca a las realidades. Hay que recordar que después de la larga presencia del Beato Junípero en 1773 en México y leído al padre Verger el informe que presentó al virrey, el padre Verger cambió de juicio.

 

 

RELACIÓN CON LOS INDIOS

 

El contacto y la acción con los indios, otro capítulo importante. Lenguas diferentes. Actitudes variables ante los nuevos venidos: desde el recelo hasta la oposición violenta, y podríamos decir que era bien natural. Los misioneros eran los encargados de acercarse a ellos amigablemente; les hablaban de una religión inimaginable para su manera de pensar y de convivir. Allí estaban con ellos haciéndose presentes en sus vidas. Les promovían en el trabajo agrícola e industrial. Vivían comunitariamente los nuevos indios cristianos en las misiones. El Beato Junípero, en uno de sus escritos, se lamenta de la obligación que tienen de enseñarles castellano; dice que la evangelización sería mucho más rápida y eficiente si se hiciese en sus respectivas lenguas. El padre Bonaventura Sitjar estudió las variadas lenguas de los indios californianos. El padre Junípero con su Representación» al virrey Bucarelli, hace la declaración de derechos de los indios, y pone los principios para su bienestar físico y espiritual.

 

Los niños y los jóvenes indios estuvieron en las prioridades de la acción misionera. Las relaciones con los indios tienen un capítulo singular y sangriento en la misión de San Diego, noviembre de 1775. Allí estaban el padre Luis Jaume, de la villa de San Juan de Mallorca y el padre Vicente Fuster, de la provincia de Aragón. Dos indios bautizados que vivían en la misión, fueron por la sierra a decir a los otros indios que los misioneros querían hacerles cristianos a la fuerza. Así convencieron a muchos y se presentaron de noche en la misión, robaron en la iglesia e incendiaron las edificaciones. Los soldados se defendieron y el padre Fuster se pudo esconder. El padre Luis Jaume se acercó a los indios y les saludó a la manera mallorquina de la época: Amar a Dios». Lo agarraron, lo llevaron al bosque, lo desnudaron, le dieron con porras y lo asaetearon hasta que murió. El hecho produjo una gran consternación entre los misioneros y pobladores. Cuando lo supo el padre Junípero, dio gracias a Dios porque se había regado la tierra con la sangre de un mártir, pero, por otra parte, no podía ocultar la tristeza de su muerte y el gran problema sobre la seguridad que planteaba. Ante este hecho, el Beato Junípero no aceptó la pena de muerte para los culpables. «A1 matador dejarle para que se salve, que es el título de nuestra venida. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias y procúrese no su muerte, sino su vida eterna». Y esto lo tenía establecido para él y para todos los misioneros. Obra de paz, no de guerra, todo lo contrario de los conquistadores humanos. Y esto en un tiempo que la ejecución capital era frecuente en nuestras plazas.

 

La nueva Iglesia de California no recibía la plenitud del don del Espíritu Santo a través del sacramento de la Confirmación. Por concesión de Clemente XIV, pudo el padre presidente administrar el sacramento. El breve apostólico pasó todos los trámites que imponía el Regalismo: Pase Regio, Corte Virreinal. Hasta 1778 no llegó a manos de fray Junípero. Así que empuña su bastón y a recorrer las misiones; a preparar a los que lo tenían que recibir; a superar obstáculos, como siempre, sobre todo su salud, que continuaba muy deteriorada, de manera especial la llaga de la pierna. En ciertos momentos no podía tenerse en pie y el asma le oprimía el pecho, como un intenso dolor que le ahogaba. Pero su ansia apostólica puede más y es, además, la ocasión para contactar con todas las misiones. Cuando vuelve a la misión de San Carlos Borromeo, la suya, dirá humildemente: «Edificado vengo de lo que he visto han trabajado en las otras misiones; aquí siempre nos quedamos atrás. Los seis últimos años de vida del padre Serra, estando de gobernador don Felipe de Neve, fueron de una lucha agotadora contra la intromisión y persecución solapada del nuevo gobernador, que se consideraba señor absoluto de todo lo que estaba bajo su mando, misioneros incluidos. Puso la falsa excusa que la concesión papal de confirmar no tenía el placet regio y se lo prohibió. Junípero contó con el apoyo incondicional de los misioneros. El escándalo público fue inevitable. Tuvieron que acudir al virrey de Nueva España, que certificó que la concesión pontificia estaba en regla. Don Felipe de Neve tuvo que saborear su amargo fracaso... ¿Es que los misioneros no tenían otros problemas que resolver y otras cosas en que ocuparse...?

 

 

UN SANTO, UN HÉROE

 

Llegamos a los últimos días del Beato Junípero, a quien llamaban los indios «el Padre viejo». A pesar del mal estado de salud, quiso hacer una última visita a las misiones, administrando la Confirmación, después del incidente sobre el asunto con el gobernador. Había visto nacer y crecer las comunidades cristianas de California: «Su gozo y su corona». Estaba a punto de poder decir: «He acabado la carrera», que podríamos adjetivar en términos deportivos, «de obstáculos».

 

Fray Junípero estaba muy enfermo, toda su vida fue una lucha entre sus graves dolencias y el ánimo, el ardor de su espíritu que las superaba, diríamos que casi milagrosamente. Cuando le hablaban de remedios decía que no valía la pena. Quiso tener consigo a su amigo del alma y sucesor el padre Francisco Palou; el otro gran compañero, el padre Juan Crespí, le había precedido y tenían junto a ellos su sepulcro y su recuerdo. Deseaba despedirse personalmente de todos, para ello quiso que se acercasen a Monterrey los misioneros a recoger la parte anual del abastecimiento que les enviaban. Palou afirma que fray Junípero conocía la hora de su muerte. Se concentró unos días de retiro espiritual, y al final hizo una ejemplar confesión general de sus pecados.

 

La última prueba, difícil y punzante como pocas, le sobrevino pocos días antes de su muerte. Se intentaba sustituir a los franciscanos de la Alta California por los dominicos. Veía tambalearse el edificio de unas misiones que prometían mucho y que habían levantado a base de mucho sacrificio. ¿Tan mal lo habían hecho ellos? Las misiones deben continuar, a pesar de la falta de misioneros. Piensan Junípero y Palou en sus hermanos de Mallorca. Fue tres días antes de la muerte de Junípero, cuando Palou decide escribir su vida y enviarla a Mallorca para animarles, después de conocer la grandeza de su vida apostólica y franciscana, a que les enviasen los refuerzos que necesitaban. Nos encontramos ante el supremo sacrificio que se pide al padre de California antes de su muerte, como Abraham con Isaac. Con esta pena murió él, aunque el cambio no se consumó después de su muerte.

 

 

LA HORA DEL DESCANSO Y DE LA GLORIA

 

El 25 y 26 de agosto los pasó muy mal, pidió que le dejasen tranquilo todo el día dentro de su recogimiento. Amaneció el día 27 y solicitó el Viático. Le pidieron que estuviese tranquilo en su pobre celda y que cuando quisiese se lo llevarían. El enfermo se opuso, era él quien tenía que ir al encuentro del Señor. Se organizó una singular procesión presidida por un moribundo. Le acompañaban los dos misioneros, el comandante del fuerte, un destacamento de soldados y todos los indios. El padre Palou, incensario en mano, comenzó la ceremonia, fray Junípero entonó el Tantum ergo con voz y entusiasmo. Cumplieron escrupulosamente todas las rúbricas en la administración del Viático. Se retiró después a la soledad de su celda. Se sentó en la rústica mesa y quedó sumido en profunda contemplación todo el día. Aquella noche solicitó la Unción de los Enfermos, que recibió sentado en su humilde e incómoda silla de cañas. Rezó los salmos penitenciales y las letanías de los Santos, los amigos que le acompañarían en el viaje. Sólo encontraba un poco de alivio estando en el suelo. Parecía que quería morir sobre la madre tierra. Quiso recibir la absolución general con gran gozo del espíritu.

 

Amaneció el 28 de agosto. A los marineros amigos, que no había visto desde hacía tiempo les pide: «Háganme la caridad y obra de misericordia de echarme un poco de tierra encima, que mucho se lo agradeceré». Y al padre Palou le dijo: «Deseo que me entierre en la iglesia, cerquita del padre Juan Crespí, por ahora, que cuando hagan la iglesia de piedra me tirarán donde quisieren». Palou, emocionado pidió que rogase por ellos; le respondió: «Prometo que si el Señor, por su infinita misericordia, me concede la eterna felicidad, que desmerecen mis culpas, que así lo haré por todos, y el que se logre la reducción de tanta gentilidad que dejo sin convertir».

 

Sintió una turbación, un miedo intenso. Pidió que le leyesen la recomendación del alma, él contestaba con toda devoción. Acabadas las preces, dando muestras de alegría, exclamó: «Gracias a Dios ya se me quitó totalmente el miedo».

 

Se sentó nuevamente a la mesa y llegó el mediodía, y dijo a los presentes: ,Vamos a descansar. Quedó solo en su pequeña habitación, se tumbó vestido con su sayal franciscano sobre las pobres tablas, y abrazándose a la cruz que había llevado desde su Mallorca, de los tiempos de su noviciado, se durmió en el tiempo, para despertarse en la eternidad. Era un poco más de las dos de la tarde del día de San Agustín de 1784. Tenía setenta años, nueve meses y cuatro días de edad.

 

Fray Francisco Palou, al percatarse de tanto silencio, entró en la habitación y vio que había expirado. Le colocaron en un ataúd de sequoia vestido del simple hábito franciscano como él quería. Todos querían tocarlo y tener alguna reliquia. Tuvo los honores de general en plaza, aquel que tanto había hecho para el bien de todos; las campanas de su misión anunciaron su muerte, y su cuerpo, ya sin vida, reposa desde entonces el sueño de los justos en su querida misión. Todos oraron por él y con él en solemnes funerales, acompañados de las lágrimas de aquellos que tanto le querían.

 

El Beato Junípero Serra, como extraordinario amigo de Dios, evangelizador singular que nunca se desalentó, y artífice de la promoción humana, es merecedor de tenerle en nuestra memoria para estimularnos en el camino del bien y obtener su intercesión. Mallorca, su amada patria, y la orden franciscana son especialmente herederas de su persona. Éstas ofrecieron la vida grandiosa de Junípero a las tierras americanas, para enriquecerlas como donación generosa, más que como posesión egoísta de una colonización. Junípero está entre los egregios misioneros que han hecho historia.

 

Su vida extraordinaria, como seguidor de Jesucristo, va más allá del don sobrenatural de la fe y del sacerdocio, que ofreció desgastándose, inmolándose, especialmente al servicio y en beneficio de los más pobres. Es un gran héroe humanamente hablando. Su vida llega e impregna a la sociedad civil, constituyéndole padre de un pueblo, la California de nuestros días. Juan Pablo II, declaró ante su sepulcro, el 17 de septiembre de 1987: «Ejerce una influencia permanente sobre el patrimonio espiritual de esta tierra y de su pueblo, con independencia de su religión».

 

Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió la California juniperiana a los Estados Unidos de América. El nuevo pueblo de cultura inglesa, que se instala en estas tierras, se ha hecho suya de una manera inimaginable la herencia del humilde fraile mallorquín. Parece que les encanta que una de las potencias económicas, culturales, artísticas, turísticas, industriales, agrícolas del mundo, California, esté capitaneada en los comienzos de su historia por un voluntariamente humilde hijo de San Francisco, que luchó contra el desaliento, que sabía agarrar la azada junto a los libros y que lo dio todo por aquellas tierras californianas, que se convirtieron en su patria de adopción.

 

Los monumentos a su memoria se sitúan por doquier; las misiones, The Missions, las veintiuna, son la primera y más preciada historia de California, son los grandes centros de la memoria de su pasado, que miman su conservación en todos los aspectos. Devolvieron las misiones a la Iglesia católica, después que los mexicanos, una vez obtenida su independencia, habían aplicado una desamortización a su manera vendiéndolas, al mismo tiempo que destruían la obra social instituida para los indios por el Beato Junípero Serra. El día 1 de marzo de 1931, la bella y grandiosa estatua de Junípero Serra llegaba a Washington y era colocada en la Galería de la Fama en el Capitolio, entre los próceres y héroes de cada uno de los Estados, el suyo el de California, donde sus representantes democráticos no permitieron que fuera sustituido por otro personaje: Junípero Serra era el primer californiano sin discusión.

 

La Iglesia desde el 25 de septiembre de 1988, por decreto de Juan Pablo II, le tributa el honor de los altares como beato. En el culto restringido, propio de los beatos, Mallorca y la orden franciscana celebran su fiesta el 26 de agosto, porque el día 28 es la fiesta de San Agustín. Los Estados Unidos de América hacen coincidir la conmemoración litúrgica con su entrada en California, cuando se fundó la primera misión, la de San Diego.

 

PERE RIUTORT MESTRE, M.SS.CC

En los Estados Unidos se lo festeja el 1 de julio, el resto del mundo lo recuerda el 28 de agosto.

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Florentina de Cartagena, Santa Abadesa, 28 de agosto  

Florentina de Cartagena, Santa

Abadesa

Martirologio Romano: En Sevilla, en la región hispánica de Andalucía, santa Florentina, virgen, a la que, por su gran conocimiento de las disciplinas eclesiásticas, sus hermanos Isidoro y Leandro le dedicaron tratados de alta doctrina (s. VII).

Etimológicamente: Florentina = floreciente. Viene de la lengua latina.

 

Florentina. Nació en el seno de una familia visigoda en Cartagena, España, fue la tercera de cinco hermanos, cuatro de los cuales (entre ellos Florentina) fueron considerados santos por la Iglesia Católica. Los otros hermanos canonizados son San Isidoro, San Leandro y San Fulgencio. Todos ellos son conocidos como los Cuatro Santos de Cartagena.

A mediados de siglo se trasladan a Sevilla, donde San Leandro y San Isidoro llegan a ser arzobispos y donde San Fulgencio es Obispo de Écija y de Cartagena

Leandro fue el maestro de Florentina tanto en los estudios clásicos como en los sagrados.

Y ella fue, a su vez, la maestra de su hermano menor, el gran sabio san Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia universal.

Al ser mujer, la vida religiosa de Santa Florentina no puede ser similar a la de sus hermanos, y así se recluiría en un monasterio de San Benito, que unos ubican cerca de la localidad sevillana de Écija y otros en Talavera de la Reina. Considerada una mujer de gran cultura, fundaría más de cuarenta monasterios, siguiendo la Regla escrita para ella por su hermano San Leandro. Algunas interpretaciones ven en este texto no una regla monástica propiamente, sino un simple elogio de la virginidad

Gracias a sus dotes de gobierno, a su santidad y ejemplaridad para todas las hermanas, la eligieron abadesa.

Fue entonces cuando su hermano Leandro le escribió un precioso y profundo libro sobre "La institución de la vírgenes".

Es una gozada la lectura de este libro porque ensalza la virtud de la virginidad como algo que Cristo exige libremente a quienes quieren seguirle más de cerca.
Murió en el año 633.

La mayor parte de sus restos mortales descansan en una urna de plata, expuesta en el altar mayor de la Catedral de Murcia, aunque también se conservan reliquias de la santa en la parroquia de Berzocana de la Diócesis de Plasencia.

Recibe especial veneración en una localidad del Campo de Cartagena, La Palma.

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Fuente: clairval.com
Celia Guerin, Beata Madre y Esposa, 28 de agosto  

Celia Guerin, Beata

Madre de Santa Teresita de Lisieux

Martirologio Romano: En Burdeos, Francia, beatos Celia Guérin y Luis Martin, matrimonio cristiano, fallecidos respectivamente el 28 de agosto de 1877 y el 29 de julio de 1894.

Fecha de beatificación: S.S. Benedicto XVI la declararó beata de la Iglesia, junto a su esposo Luis Martin, el día 19 de Octubre de 2008.

 

Luis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823, segundo hijo de una familia de cinco hermanos. Su padre, militar de carrera, se encuentra por esa época en España; los primeros años de infancia de los hermanos Martin transcurren a merced de las guarniciones de su padre: Burdeos, Aviñón y Estrasburgo (Francia). Llegada su jubilación, en diciembre de 1830, el capitán Martin se establece en Alençon, en Normandía. Durante su actividad de militar había destacado por su piedad ejemplar. En una ocasión, al decirle el capellán de su regimiento que, entre la tropa, se extrañaban de que, durante la Misa, permaneciera tanto tiempo de rodillas después de la consagración, él respondió sin pestañear: "¡Dígales que es porque creo!". Tanto en el seno de su familia como con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Luis recibe una fuerte educación religiosa. Al contrario de la tradición familiar, no escoge el oficio de las armas, sino el de relojero, que casa mejor con su temperamento meditabundo y silencioso, y con su gran habilidad manual. Primeramente aprende el oficio en Rennes y, luego, en Estrasburgo.

En el umbral del otoño de 1845, Luis toma la decisión de entregarse por completo a Dios, por lo que se encamina al Hospicio de San Bernardo el Grande, en el corazón de los Alpes, donde los canónigos consagran su vida a la oración y a rescatar a los viajeros perdidos en la montaña. Se presenta ante el prior, quien le insta a que regrese a su casa a fin de completar sus estudios de latín antes de un eventual ingreso en el noviciado. Tras una infructuosa tentativa de incorporación tardía al estudio, Luis, muy a pesar suyo, renuncia a su proyecto. Para perfeccionar su instrucción, se marcha a París, regresando e instalándose a continuación en Alençon, donde vive con sus padres. Lleva una vida tan ordenada que sus amigos dicen : "Luis es un santo".

Tantas son sus ocupaciones que Luis ni siquiera piensa en el matrimonio. A su madre le preocupa, pero en la escuela de encajes, donde ella asiste a clase, se fija en una joven, hábil y de buenos modales. ¿Y si fuera la "perla" que ella desea para su hijo? Aquella joven es Celia Guérin, nacida en Gandelain, en el departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831, la segunda de tres hermanos. Tanto el padre como la madre son de familia profundamente cristiana. En septiembre de 1844 se instalan en Alençon, donde las dos hermanas mayores reciben una esmerada educación en el internado de las Religiosas del Sagrado Corazón de Picpus.

Celia piensa en la vida religiosa, al igual que su hermana mayor, que llegará a ser sor María Dositea en la Visitación de Le Mans. Pero la superiora de las Hijas de la Caridad, a quien Celia solicita su ingreso, le responde sin titubear que no es ésa la voluntad de Dios. La joven se inclina ante tan categórica afirmación, aunque no sin tristeza. Pero un hermoso optimismo sobrenatural la hace exclamar: "Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti". Celia entra entonces en una escuela de encajes con objeto de perfeccionarse en la confección del punto de Alençon,

técnica de encaje especialmente célebre. El 8 de diciembre de 1851, festividad de la Inmaculada Concepción, tiene una inspiración: "Debes fabricar punto de Alençon". A partir de ese momento se instala por su cuenta.

Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, de semblante reservado y de dignos modales, se siente fuertemente impresionada, y una voz interior le dice: "Este es quien he elegido para ti". Pronto se entera de su identidad; se trata de Luis Martin. En poco tiempo los dos jóvenes llegan a apreciarse y a amarse, y el entendimiento es tan rápido que contraen matrimonio el 13 de julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro. Luis y su esposa se proponen vivir como hermano y hermana, siguiendo el ejemplo de San José y de la Virgen María. Diez meses de vida en común en total continencia hacen que sus almas se fundan en una intensa comunión espiritual, pero una prudente intervención de su confesor y el deseo de proporcionar hijos al Señor les mueven a interrumpir aquella santa experiencia. Celia escribirá más tarde a su hija Paulina: "Sentía el deseo de tener muchos hijos y educarlos para el Cielo". En menos de trece años tendrán nueve hijos, y su amor será hermoso y fecundo.

En las antípodas

"Un amor que no es "hermoso", es decir, un amor que queda reducido a la satisfacción de la concupiscencia, o a un "uso" mutuo del hombre y de la mujer, hace que las personas lleguen a ser esclavas de sus debilidades" (Carta a las familias, 13). Desde ese punto de vista, las personas son utilizadas como si fueran cosas: la mujer puede llegar a ser un objeto de deseo para el hombre, y viceversa; los hijos, una carga para los padres; la familia, una institución molesta para la libertad de sus miembros. Nos encontramos entonces en las antípodas del verdadero amor. "Al buscar sólo el placer, podemos llegar a matar el amor, y a matar sus frutos, dice el Papa. Para la cultura del placer, el fruto bendito de tu seno" (Lc 1, 42) se convierte en cierto sentido en un "fruto maldito", es decir, no deseado, que se quiere suprimir mediante el aborto. Esa cultura de muerte se opone a la ley de Dios: "Respecto a la vida humana, la Ley de Dios carece de equívocos y es categórica. Dios nos ordena: No matarás (Ex 20, 13). Así pues, ningún legislador humano puede afirmar: Te está permitido matar, tienes derecho a matar, deberías matar" (Ibíd., 21).

"Sin embargo, añade el Papa, constatamos cómo se está desarrollando, sobre todo entre los jóvenes, una nueva conciencia por el respeto a la vida a partir de la concepción... Es un germen de esperanza para el futuro de la familia y de la humanidad" (Ibíd.). Así es; pues en el recién nacido se realiza el bien común de la familia y de la humanidad. Los esposos Martin experimentan esa verdad al recibir a sus numerosos hijos: "No vivíamos sino para nuestros hijos; eran toda nuestra felicidad y solamente la encontrábamos en ellos", escribirá Celia. Sin embargo, su vida conyugal no está carente de pruebas. Tres de sus hijos mueren prematuramente, dos de ellos eran los varones; después fallece de repente María Helena, de cinco años y medio. Plegarias y peregrinaciones se suceden en medio de la angustia, en especial en 1873, durante la grave enfermedad de Teresa y la fiebre tifoidea de María. En medio de los mayores desasosiegos, la confianza de Celia se ve fortificada por la demostración de fe de su esposo, en particular por su estricta observancia del descanso dominical: Luis nunca abre la tienda los domingos. Es el día del Señor, que se celebra en familia; primero con los oficios de la parroquia y luego con largos paseos; los niños disfrutan en las fiestas de Alençon, jalonadas de cabalgatas y de fuegos artificiales.

La educación de los hijos es a la vez alegre, tierna y exigente. En cuanto tienen uso de razón, Celia les enseña a ofrecer su corazón al Señor cada mañana, a aceptar con sencillez las dificultades diarias "para contentar a Jesús". Esta será la marca indeleble y la base de la "pequeña vía" que enseñará su benjamina, la futura Santa Teresita. "El hogar es así la primera escuela de vida cristiana", como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (Catecismo, 1657). Luis ayuda a su esposa en sus tareas con los niños: sale a las cuatro de la madrugada en busca de una nodriza para uno de los más pequeños, que está enfermo; acompaña a su mujer a diez kilómetros de Alençon durante una noche helada hasta la cabecera de su primer hijo, José; cuida a su hija mayor, María, cuando padece la fiebre tifoidea, a la edad de trece años, etc.

El dinamismo que da el amor

El gran dinamismo de Luis Martin no recuerda en nada a aquel "dulce soñador", como se le ha descrito a veces. Para ayudar a Celia, que se encuentra desbordada por el éxito de su empresa de encajes, abandona la relojería. El encaje se trabaja en piezas de 15 a 20 centímetros, empleándose hilos de lino de una gran calidad y de una finura extrema. Una vez ejecutado el "trazo", el "pedazo" pasa de mano en mano según el número de puntos de que se compone – existen nueve, que constituyen otras tantas especialidades. A continuación se procede a su encajadura, una delicada labor que se consigue mediante agujas e hilos cada vez más finos. Es la propia Celia quien une de manera invisible las piezas que le traen las encajeras que trabajan a domicilio. Pero hay que buscar salidas para el producto, y Luis destaca en el aspecto comercial y hace que aumenten considerablemente los beneficios de la empresa. Sin embargo, también sabe encontrar momentos de descanso y de ir a pescar.

Además, los esposos Martin forman parte de varias asociaciones piadosas: Orden Tercera de San Francisco, adoración nocturna, etc. La fuerza que necesitan la obtienen de la observancia amorosa de las prescripciones y de los consejos de la Iglesia: ayunos, abstinencias, Misa diaria y confesión frecuente. "La fuerza de Dios es mucho más poderosa que vuestras dificultades – escribe el Papa Juan Pablo II a las familias. La eficacia del sacramento de la Reconciliación es inmensamente mayor que el mal que actúa en el mundo... Incomparablemente mayor es, sobre todo, el poder de la Eucaristía... En este sacramento, Cristo se entrega a sí mismo como alimento y como bebida, como fuente de poder salvífico... La vida que de Él procede es para vosotros, queridos esposos, padres y familias. Recordad que instituyó la Eucaristía en un contexto familiar, en el transcurso de la Última Cena... Y las palabras que entonces pronunció conservan todo el poder y la sabiduría del sacrificio de la Cruz" (Ibíd., 18).

Unos frutos duraderos

Del manantial eucarístico, Celia obtiene una energía superior a la media de las mujeres, y su esposo una ternura superior a la media de los hombres. Luis gestiona la economía y consiente de buen grado ante las peticiones de su esposa: "En cuanto al retiro de María en la Visitación, escribe Celia a Paulina, sabes que a papá no le gusta nada separarse de vosotras, y había dicho primero formalmente que no iría... Anoche María se estaba quejando de ello y yo le dije: "Déjalo de mi cuenta; siempre consigo lo que quiero, sin forzar demasiado; todavía falta un mes; es suficiente para convencer diez veces a tu padre". No me equivocaba, pues apenas una hora después, cuando regresó, se puso a hablar amistosamente con tu hermana (María)... "Bien, me dije, este es el momento oportuno", e hice una insinuación al respecto. "¿Así que deseas de verdad ir a ese retiro?", dijo papá a María: "Sí, papá. – ¡Pues bien, puedes ir!"... Creo que yo tenía una buena razón para que María fuera a aquel retiro. Si bien suponía un gasto, el dinero no es nada cuando se trata de la santificación de un alma; y el año pasado María regresó completamente transformada. Los frutos todavía duran, aunque ya es hora de que renueve su provisión".

Los retiros espirituales producen frutos de conversión y de santificación, porque, bajo el efecto de su dinamismo, el alma, dócil a las iluminaciones y a los movimientos del Espíritu Santo, se purifica siempre más de los pecados y practica las virtudes, imitando al modelo absoluto que es Jesucristo, para conseguir una unión más íntima con él. Por eso dijo el Papa Pablo VI: "La fidelidad a los ejercicios anuales en un medio apartado asegura el progreso del alma". Entre todos los métodos de ejercicios espirituales "existe uno que obtuvo la completa y reiterada aprobación de la Sede Apostólica... el método de San Ignacio de Loyola, de quien Nos complace llamar Maestro especializado en ejercicios espirituales" (Pío XI, Encíclica Mens Nostra).

La vida profundamente cristiana de los esposos Martin se abre naturalmente a la caridad para con el prójimo: limosnas discretas a las familias necesitadas, a las que se unen sus hijas, según su edad; asistencia a los enfermos, etc. No tienen miedo de luchar justamente para reconfortar a los oprimidos. Así mismo, realizan juntos las gestiones necesarias para que un indigente pueda entrar en el hospicio, cuando éste no tiene derecho al no tener suficiente edad para ello. Son servicios que sobrepasan los límites de la parroquia y que dan testimonio de un gran espíritu misionero: espléndidas ofrendas anuales para la Propagación de la Fe, participación en la construcción de una iglesia en Canadá, etc.

Pero la intensa felicidad familiar de los Martin no debía durar demasiado tiempo. A partir de 1865, Celia se percata de la presencia de un tumor maligno en el pecho, surgido después de una caída contra el borde de un mueble. Tanto su hermano, que es farmacéutico, como su marido no le conceden demasiada importancia; pero a finales de 1876 el mal se manifiesta y el diagnóstico es concluyente: "tumor fibroso no operable" a causa de su avanzado estado. Celia lo afronta hasta el final con toda valentía; consciente del vacío que supondrá su desaparición, le pide a su cuñada, la señora Guérin, que, después de su muerte, ayude a su marido en la educación de los más pequeños.

Su muerte acontece el 28 de agosto de 1877. Para Luis, de 54 años de edad, supone un abatimiento, una profunda llaga que sólo se cerrará en el Cielo. Pero lo acepta todo, con un espíritu de fe ejemplar y con la convicción de que su "santa esposa" está en el Cielo. Y cumplirá con la labor que había empezado en la armonía de un amor intachable: la educación de sus cinco hijas. Para ello, escribe Teresita, "aquel corazón tierno de papá había añadido al amor que ya poseía un amor realmente maternal". La señora Guérin se ofrece para ayudar a la familia Martin, invitando a su cuñado a trasladar su hogar a Lisieux. Para aquellas pequeñas huérfanas, la farmacia de su marido será su segunda casa y la intimidad que une a ambas familias crecerá con las mismas tradiciones de sencillez, labor y rectitud. A pesar de los recuerdos y de las fieles amistades que podrían retenerlo en Alençon, Luis se decide a sacrificarlo todo y a mudarse a Lisieux.

Un gran honor

La vida en los "Buissonnets", la nueva casa de Lisieux, resulta más austera y retirada que en Alençon. La familia mantiene pocas relaciones, y cultiva el recuerdo de la persona a la que el señor Martin sigue designando con el nombre de "vuestra santa mamá". Las más jovencitas son confiadas a las Benedictinas de Nuestra Señora del Prado. Pero Luis sabe procurarles distracciones: sesiones teatrales, viajes a Trouville, estancia en París, etc., intentando que, a través de todas las realidades de la vida, encuentren la gloria de Dios y la santificación de las almas.

Su santidad personal se revela sobre todo en la ofrenda de todas sus hijas, y después de sí mismo. Celia ya preveía la vocación de las dos mayores, pues Paulina ingresaba en el Carmelo de Lisieux en octubre de 1882, y María en octubre de 1886. Al mismo tiempo, Leonina, de difícil temperamento, inicia una serie de infructuosos intentos; en primer lugar en las Clarisas, y luego en la Visitación, donde, tras dos intentos fallidos, acabará ingresando definitivamente en 1899. Teresa, la benjamina, la "pequeña reina", conseguirá vencer todos los obstáculos hasta ingresar en el Carmelo a los 15 años, en abril de 1888. Dos meses después, el 15 de junio, Celina revela a su padre que también ella siente la llamada de la vida religiosa. Ante aquel nuevo sacrificio, la reacción de Luis Martin es espléndida: "Ven, vayamos juntos ante el Santísimo a darle gracias al Señor por concederme el honor de llevarse a todas mis hijas".

A imitación del señor Martin, los padres deben acoger las vocaciones como un don de Dios, escribe el Papa Juan Pablo II: "Vosotros, padres, dad gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a alguno de vuestros hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor – como lo ha sido siempre– que el Señor se fije en una familia y elija a alguno de sus miembros para invitarlo a seguir el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el crecimiento del amor de Dios en el mundo. ¿Qué fruto de vuestro amor conyugal podríais tener más bello que éste?" (Vita consecrata, 25 de marzo de 1996, nº 107).

La vocación es ante todo una iniciativa divina, pero una educación cristiana favorece la respuesta generosa a la llamada de Dios: "En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada" (Catecismo, 1656). Por lo tanto, "si los padres no viven los valores evangélicos, será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir la llamada, comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y apreciar la belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores evangélicos, del amor que se da a Dios y a los demás. También es necesario que sean educados en el uso responsable de su libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas realidades espirituales según su propia vocación" (Vita consecrata, ibíd.).

"Soy demasiado feliz"

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz dará testimonio de la manera concreta en que su padre vivía el Evangelio: "Lo que más me llamaba la atención eran los progresos en la perfección que hacía papá; a imitación de San Francisco de Sales, había conseguido dominar su natural vivacidad, hasta el punto que parecía que poseía la naturaleza más dulce del mundo... Las cosas de este mundo apenas parecían rozarle, y se recuperaba con facilidad de las contrariedades de la vida". En mayo de 1888, en el transcurso de una visita a la iglesia donde se había celebrado su boda, a Luis se le representan las etapas de su vida, y enseguida se lo cuenta sus hijas: "Hijas mías, acabo de regresar de Alençon, donde he recibido tantas gracias y consuelos en la iglesia de Nuestra Señora que he hecho la siguiente plegaria: Dios mío, ¡esto es demasiado! Sí, soy demasiado feliz, no es posible ir al Cielo de este modo, quiero sufrir algo por ti. Así que me he ofrecido...". La palabra "víctima" desaparece de sus labios, no se atreve a pronunciarla, pero sus hijas lo han comprendido.

Así pues, Dios no tarda en satisfacer a su siervo. El 23 de junio de 1888, aquejado de accesos de arteriosclerosis que le afectan en sus facultades mentales, Luis Martin desaparece de su domicilio. Tras muchas tribulaciones, lo encuentran en Le Havre el día 27. Es el principio de una lenta e inexorable degradación física. Poco tiempo después de que Teresa tomara los hábitos, momento en que se había mostrado "tan apuesto y tan digno", es víctima de una crisis de delirio que hace necesario su internamiento en el hospital del Salvador de Caen; es una situación humillante que acepta con extraordinaria fe. Cuando consigue expresarse repite sin cesar: "Todo sea para la mayor gloria de Dios"; o también: "Nunca había sufrido una humillación en la vida, por eso necesitaba una". En mayo de 1892, cuando ya las piernas sufren de parálisis, lo devuelven a Lisieux. "¡Adiós, hasta el Cielo!", consigue decir a sus hijas con motivo de su última visita al Carmelo. Se apagará dulcemente como consecuencia de una crisis cardíaca el 29 de julio de 1894, asistido por Celina, que había demorado su entrada en el Carmelo para dedicarse a él.

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz llegará a decir: "El Señor me concedió un padre y una madre más dignos del Cielo que de la tierra". Que podamos llegar también nosotros, siguiendo su ejemplo, a la Morada eterna que la santa de Lisieux denomina "el hogar Paterno de los Cielos".

Beatificación

La Santa Sede admitió la "inexplicable curación" de un niño nacido en 2002 con grave e incurable insuficiencia pulmonar en Monza (Italia) por intercesión del matrimonio de Martín y Celia Guérin.

El niño nació el 25 de mayo del año 2002, y el 2 de junio, cuando lo bautizaron, a sus padres se les informó que su muerte era inminente.

Los padres dedicaron una novena a Louis y Zelie Martin pidiendo por su hijo y en pocas semanas la condición del niño mejoró notablemente. Hace poco cumplió un año y es un niño sano sin síntomas ni signos de su prematura gravedad.

Los médicos que analizaron el caso sostienen que no hay explicación científica para justificar la curación del niño.

S.S. Benedicto XVI los declararó beatos de la Iglesia el día 19 de Octubre de 2008.

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Moisés el Etíope, Santo Mártir, 28 de agosto  

Moisés el Etíope, Santo

Mártir

Martirologio Romano: En Egipto, san Moisés Etíope. Después de haber sido un conocido ladrón, se hizo anacoreta, convirtió a muchos de los suyos y los llevó con él al monasterio (c. 400).

Etimología: Moisés = salvado de las aguas. Viene de la lengua hebrea.

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.

 

Moisés, que era originario de Etiopía, fue el más pintoresco de los Padres del Desierto. En sus primeros años era criado o esclavo de un cortesano egipcio. Su amo se vio obligado a despedirle a causa de la inmoralidad en la que vivía y de los robos que había cometido.

Entonces, Moisés se hizo bandolero. Era un hombre de gran estatura y ferocidad. Pronto organizó una banda y se convirtió en el terror de la región, durante muchos años recorrieron, (él y su banda), las márgenes del Nilo robando y saqueando a las caravanas y navíos. Tras despojar a sus víctimas, a menudo las asesinaba para que no los denunciasen.

Desgraciadamente no sabemos cómo se convirtió. Tal vez fue a refugiarse entre los solitarios del desierto cuando huía de la justicia, y el ejemplo de éstos acabó por conquistarle. El hecho es que se hizo monje en el monasterio de Petra, en el desierto deEsquela.

Un día, cuatro bandoleros asaltaron su celda. Moisés luchó con ellos y los venció. En seguida los ató, se los echó a la espalda, los llevó a la iglesia, los echó por tierra y dijo a los monjes, que no cabían en sí de sorpresa: "La regla no me permite hacer daño a nadie. ¿Qué vamos a hacer de estos hombres?" Según se cuenta, los bandoleros se arrepintieron y tomaron el hábito.

Pero el pobre Moisés no conseguía vencer sus violentas pasiones y, para lograrlo, fue un día a consultar a San Isidoro. El abad le condujo al amanecer a la terraza del monasterio y le dijo: "Mira: la luz vence muy lentamente a las tinieblas. Lo mismo sucede en el alma." Moisés fue venciéndose poco a poco, a fuerza del rudo trabajo manual, de caridad fraterna, de severa mortificación y de perseverante oración. Llegó a ser tan dueño de símismo, que Teófilo, arzobispo de Alejandría, le ordenó sacerdote.

Después de la ordenación, cuando se hallaba todavía revestido del alba, el arzobispo le dijo: "Ya lo veis, padre Moisés, el hombre negro se ha trasformado en blanco." San Moisés replicó sonriendo: "Sólo exteriormente. Dios sabe cuan negra tengo el alma todavía".

Cuando los berberiscos se aproximaban a atacar el monasterio, San Moisés prohibió a sus monjes que se defendiesen y les mandó huir, diciendo: "El que a hierro mata a hierro muere." El santo se quedó en el monasterio con otros siete monjes. Sólo uno de ellos escapó con vida. San Moisés tenía entonces setenta y cinco años. Fue sepultado en el monasterio llamado Dair al-Baramus, que todavía existe.

Es Patrón del continente africano.

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Alfonso María del Espíritu Santo (Jósé Mazurek), Beato Presbítero y Mártir, 28 de agosto  

Alfonso María del Espíritu Santo (Jósé Mazurek), Beato

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En la ciudad de Nawojowa Góra, en Polonia, beato Alfonso María Mazurek, presbítero y mártir, que durante la guerra, por su confesión cristiana, recibió la muerte a manos de los invasores de su patria (1944).

Fecha de beatificación: El 13 de junio de 1999, el papa Juan Pablo II, en Polonia, beatificó a
108 mártires de la segunda guerra mundial, víctimas de la persecución nazista.

 

Jósef Mazurek nació el 1 de marzo de 1891 en Baranówka, diócesis de Lublin, en Polonia. En 1908 recibió el hábito carmelitano en Wadowice, con el nombre de Alfonso María del Espíritu Santo. En Viena (Austria) recibe la ordenación sacerdotal el 16 de julio de 1916.

Conocido por sus dotes organizativas y estimado como educador de la juventud, fue hasta 1930 prefecto y profesor en el Seminario Menor de Wadowice. Elegido, en 1930, Prior del convento de Czerna, cumplió este oficio hasta la muerte, a excepción del trienio 1936-1939, durante el cual fue ecónomo del mismo convento. Organizó particulares devociones conforme al carisma del Carmelo y se dedicó a la dirección del coro del Carmelo Seglar.

Al acercarse el fin de la segunda guerra mundial, se incrementaron notablemente la hostilidad de los nazistas y sus represalias en Polonia., El 28 de agosto de 1944, a los 53 años, es asesinado martirialmente.El 13 de junio de 1999, el papa Juan Pablo II, en Polonia, beatificó a 108 mártires de la segunda guerra mundial, víctimas de la persecución nazista. Dentro del grupo estaba nuestro hermano, el P. Alfonso Mª Mazurek, O.C.D.

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Fuente: Franciscanos.org
Aurelio de Vinalesa (José Ample Alcaide), Beato Presbítero y Mártir, 28 de agosto  

Aurelio de Vinalesa (José Ample Alcaide), Beato

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: Cerca de la localidad de Vinalesa, en la región de Valencia, España, beato Aurelio (José) Ample Alcaide, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y mártir, que, en la persecución religiosa en España, dio un fruto de gloria a través de la prueba de su fe (1936).

Fecha de beatificación: El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a
233 mártires de la persecución religiosa en España.

 

Beato Aurelio de Vinalesa (en el siglo, José Ample Alcaide), sacerdote, nació en Vinalesa (Valencia) el 3 de febrero de 1896, y fue fusilado en el cercano Barranco del Carraixet el 28 de agosto de 1936. Profesó en la Orden Capuchina el 10 de agosto de 1910, y fue ordenado sacerdote en Roma el 26 de marzo de 1921. A lo largo de su vida religiosa fue Director del Estudio filosófico-teológico que los capuchinos tenían en Orihuela (Alicante), profesor en el Seminario, director de la Tercera Orden Franciscana, confesor y predicador. Bien pudo decir: "¡Siempre he cumplido mi misión, como religioso y como sacerdote!" Cuando las circunstancias le obligaron a dejar el convento, se refugió en casa de sus padres, donde fue detenido por los milicianos el 28 de agosto de 1936. Conducido de madrugada al Barranco del Carraixet, confortó y exhortó a los laicos compañeros de martirio a morir en paz, les impartió la absolución sacramental y luego añadió: "Gritad fuerte: ¡Viva Cristo Rey!"

Antecedentes e Historia

La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos los diez Mártires de Turón, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999.

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que se debe recordar fielmente para que no se pierda la memoria histórica.

A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron su vida por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, que se dio en las dos zonas, sino mártires de la fe. Sí, hoy los veneramos en los altares como mártires de la fe cristiana, porque la Iglesia ha reconocido oficialmente que entregaron sus vidas por Dios durante la persecución religiosa de 1936.

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Fuente: ArchiValencia.org
Juan Bautista Faubel Cano, Beato Mártir Laico, 28 de agosto  

Juan Bautista Faubel Cano, Beato

Mártir

Martirologio Romano: En la región de Valencia, España, beatos mártires Juan Bautista Faubel Cano y Arturo Ros Montalt, padres de familia que, durante la persecución contra la Iglesia, recibieron la muerte por parte de los hombres, pero la vida eterna por parte de Dios (1936).

Fecha de beatificación: El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a
233 mártires de la persecución religiosa en España.

 

Nació el 3 de enero de 1889 en la ciudad de Liria, provincia y diócesis de Valencia, y fue bautizado en la iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de la ciudad de Liria. Recibió el sacramento de la Confirmación y el sacramento de la Eucaristía en la iglesia arciprestal de Liria. Frecuentó la escuela nacional y aprendió la profesión de pirotécnico de sus padres y completó su formación estudiando privadamente. Estaba considerado uno de los mejores pirotécnicos de la región. Obtuvo premios en Valencia y Zaragoza. Contrajo matrimonio con Patrocinio Beatriz Olba Martínez. De dicho matrimonio nacieron tres hijos: Patrocinio, Josefina y Juan Bautista.

Vivió auténticamente su vocación laical, tratando de impregnar de espíritu evangélico las realidades temporales en las cuales vivió su condición de esposo y padre de familia y su profesión de pirotécnico, destacándose siempre por su integridad moral en la profesión y como excelente ciudadano católico. Hombre de fe profunda, participaba a la Misa y recibía la comunión diaria. Tenía su momento de meditación, rezaba el Rosario en familia, era devoto del Sagrado Corazón de Jesús y de la Madre de Dios.

En esta intensa vida de piedad fue disponiendo su persona a una respuesta generosa a la acción Espíritu Santo que la lanzó al apostolado organizado siendo desde su juventud miembro de las asociaciones católicas locales, participando en ellas de una manera activa. En ellas se formó y esta condición cristiana tuvo a gala confesarla en los momentos más graves de su vida.

Pertenecía a la Acción Católica, a la Cofradía del Santísimo Sangre, a la Corte de María, a las Cofradías de la Virgen de los Dolores, de la Virgen del Remedio, de San Vicente Ferrer, a la Orden Terciaria Franciscana y a la Adoración Nocturna. Apóstol social ejercía la caridad ayudando a los pobres en sus necesidades. Era presidente de la Derecha llevando una sección de socorro de pobres.

Por la intensa actividad apostólica que realizaba, era considerado por los enemigos de la Iglesia como un católico ferviente, por ello lo arrestaron y asesinaron.

El 6 de Agosto de 1936, a medianoche, llegaron a su casa milicianos armados de pistolas a detenerle. En este momento, después de tranquilizar a su esposa, tomó el crucifijo y salió de su casa. Los milicianos lo llevaron, junto con otros detenidos, a una zona del término de Liria llamado 'Els Olivarets' y allí lo atormentaron pinchándolo con una aguja y disparando al aire para aterrorizarlos. Después lo llevaron a la cárcel de Liria donde estuvo un par de días, y posteriormente fue trasladado a la prisión de San Miguel de los Reyes; así lo testimonian su esposa y su hija.

La vida en prisión estuvo caracterizada por malos tratados y vejaciones morales que él supo llevar con entereza cristiana. Pocos días después de su detención, cuando su familia le visitó en la cárcel, les dijo que le habían hecho sufrir mucho en 'Los Olivarets'; así lo testimonia la hija y el primo del Beato, Sr. José María Cano Novella. La hija de Juan Bautista, afirma: "Tanto en Liria como en San Miguel de los Reyes, vi a mi padre muy sereno. He oído decir que en San Miguel de los Reyes recibió la comunión varias veces".

El Sr. Luis Soler Pérez, compañero de prisión, llegó a encontrarse ante el pelotón para ser fusilado, afirma: "El día 28 de agosto de 1936, a la una de la madrugada estando durmiendo, los milicianos llamaron al Beato Juan Bautista y a once más, entre ellos dos sacerdotes, un diputado republicano llamado Angel Puig y a mí. Subimos a un autobús y custodiados por tres coches con milicianos rojos. Desde el penal de San Miguel de los Reyes nos condujeron por la carretera de Liria a la Cañada y frente a la misma Cañada en un montículo nos colocaron en fila para fusilarnos. El citado Angel Puig se destacó de la fila haciendo protestas de republicanismo y distrajo la atención de los asesinos y cuando fueron a darle el tiro de gracia aproveché esa circunstancia para escapar aprovechando la obscuridad de la noche".

La Sra. Carmen Silvestre Izquierdo, vecina de Juan Bautista, relata "Estando yo limpiando la acera de mi casa un miliciano que salía del local de la CNT situado enfrente y a quien no conozco me dijo: 'Liriana, esta noche han matado a cuatro paisanos tuyos, uno es el pirotécnico, el otro un cura con una mano enguantada', yo pensé que sería el Beato Juan Bautista y el sacerdote D. Miguel Aliaga... mi padre me confirmó que cuando los llevaban al martirio iban gritando: '¡Viva Cristo Rey!'".

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Fuente: EWTN.com
Joaquina de Vedruna, Santa Viuda y Fundadora, 28 de agosto  

Joaquina de Vedruna, Santa

Viuda y Fundadora
de las Hermanas Carmelitas de la Caridad

Martirologio Romano: En Barcelona, en España, santa Joaquina de Vedruna. Madre de familia, educó piadosamente a sus nueve hijos y, una vez viuda, fundó el Instituto de las Carmelitas de la Caridad, soportando con tranquilidad de ánimo toda clase de sufrimientos hasta su muerte, que ocurrió por contagio del cólera (1854).

Fecha de canonización: Fue declarada santa por el Papa Juan XXIII en 1959 (siendo ella la primera persona que canonizó este Pontífice).

 

Esta es una santa que duró casada hasta los 33 años. Tuvo ocho hijos y bastantes nietos. A los 47 años fundó la Comunidad de las hermanas Carmelitas de la Caridad, y al morir a los 61 años había fundado conventos, escuelas y hospitales en diversos sitios de España.

Nació en Barcelona, España, en 1773. Su padre, Don Lorenzo de Vedruna, era rico y alto empleado del gobierno. Su familia era muy católica.

La niña desde muy pequeña tuvo mucha devoción al Niño Jesús y a las benditas almas.

Algo que la caracterizó desde sus primeros años fue un gran amor a la limpieza. No toleraba ninguna mancha de mugre en sus vestidos. Y esto la fue llevando a no tolerar tampoco manchas de pecado en su alma.

A los doce años sintió un gran deseo de ser religiosa carmelita. Pero las monjitas no la aceptaron porque les parecía muy niña todavía para decidirse por la vocación religiosa.

A los 26 años, en 1799, contrae matrimonio con un rico hacendado, don Teodoro de Mas, muy amigo de su padre, y empleado oficial como él. Teodoro estimaba mucho a las tres hijas de Don Lorenzo y para decidirse por una de ellas les llevó un pequeño paquetico de dulces de regalo. Las dos primeras lo rechazaron como un regalo demasiado infantil, pero Joaquina lo aceptó con alegría exclamando: "Me encantan las almendras". Este gesto de humildad decidió al joven a elegirla como esposa.

Al principio de su matrimonio sentía a veces serios escrúpulos por no haber seguido la vocación de religiosa que de niña tanto le llamaba la atención, pero su esposo la consolaba diciéndole que en la vida de hogar se puede llegar a tan alta santidad como en un convento y que con sus buenas obras de piedad iría reemplazando las que iba a hacer en la vida religiosa. Esto la tranquilizó. 16 años vivió con su esposo, y Dios le regaló ocho hijos. Y como premio a su sacrificios, cuatro hijas se hicieron religiosas, y varias de sus nietas también.

Cuando Napoleón invadió España; el esposo de Joaquina se fue al ejército a defender la patria y participó valerosamente en cinco batallas contra los invasores. Joaquina y sus niños tuvieron que abandonar la ciudad de Barcelona y huir hacia la pequeña ciudad de Vich.

Cuando Joaquina y sus hijos andaban por la llanura huyendo, de pronto apareció una misteriosa señora y la condujo hasta Vich a casa de una familia muy buena, que los recibió con gran cariño. Enseguida la Señora desapareció y nadie pudo dar razón de ella. Joaquina creyó siempre que fue la Sma. Virgen quien llegó a auxiliarla.

Un día mientras estaba rodeada de su familia, le pareció oír una voz que le decía: "Pronto te vas a quedar viuda". Ella se preparó a aceptar la voluntad de Dios, y a los dos meses, aunque su esposo gozaba de buena salud, y apenas tenía 42 años, murió imprevistamente. Joaquina quedaba viuda a los 33 años, y encargada de ocho hijitos.

Desde aquel día dejó todos sus vestidos de señora rica. Y se dedicó por completo a ayudar a los pobres y a asistir a los enfermos en los hospitales. Al principio la gente creía que se había vuelto loca por la tristeza de la muerte de su esposo, pero pronto se dieron cuenta de que lo que se estaba volviendo era una gran santa. Y admiraban su generosidad con los necesitados. Ella vivía como la gente más pobre, pero todas sus energías eran para ayudar a los que padecían miseria o enfermedad.

Durante diez años estuvo dedicada a penitencias, muchas oraciones y continuas obras de caridad, pidiéndole a Dios que le iluminara lo que más le convenía hacer para el futuro. Cuatro de sus hijas se fueron de religiosas y los otros cuatro hijos se fueron casando, y al fin ella quedó libre de toda responsabilidad hogareña. Ahora iba a poder realizar su gran deseo de cuando era niña: ser religiosa.

Se encontró providencialmente con un sacerdote muy santo, el Padre Esteban, capuchino, el cual le dijo que Dios la tenía destinada para fundar una comunidad de religiosas dedicada a la vida activa de apostolado. El sabio Padre Esteban redacta las constituciones de la nueva comunidad, y en 1826, ante el Sr. Obispo de Vich, que las apoya totalmente, empieza con ocho jovencitas su nueva comunidad a la cual le pone el nombre de "Carmelitas de la Caridad".

Pronto ya las religiosas son trece y más tarde cien. Su comunidad, como el granito de mostaza, empieza siendo muy pequeña, y llega a ser un gran árbol lleno de buenos frutos. Ella va fundando casas de religiosas por toda la provincia.

Tuvo Santa Joaquina la dicha de encontrarse también con el gran apóstol San Antonio María Claret cuyos consejos le fueron de gran provecho para el progreso de su nueva congregación.

Vino luego la guerra civil llamada "Guerra Carlista" y nuestra santa, perseguida por los izquierdistas, tuvo que huir a Francia donde estuvo desterrada por tres años. Allí recibió la ayuda muy oportuna de un joven misteriosos que ella creyó siempre haber sido San Miguel Arcángel, y Dios le preparó en estas tierras a una familia española que la trató con verdadera caridad.

Al volver a España, quizás como fruto de los sufrimientos padecidos y de tantas oraciones, empezó a crecer admirablemente su comunidad y las casas se fueron multiplicando como verdadera bendición de Dios.

En 1850 empezó a sentir los primeros síntomas de la parálisis que la iba a inmovilizar por completo. Aconsejada por el Vicario Episcopal renunció a todos sus cargos y se dedicó a vivir humildemente como una religiosa sin puesto ninguno. Aunque conservaba plenamente sus cualidades mentales, sin embargo dejó a otras personas que dirigieran la Congregación. Dios le suscitó un nuevo y santo director para su comunidad, el Padre Bernardo Sala, benedictino, quien se propuso dirigir a las religiosas según el espíritu de la santa fundadora.

Durante cuatro años la parálisis se fue extendiendo y la fue inmovilizando por completo hasta quitarle también el habla. Vino luego una epidemia de cólera, la cual acabó con su vida y el 28 de agosto de 1854 pasó santamente a la eternidad.

Antes había tenido el gusto de ver aprobada su Comunidad religiosa por la Santa Iglesia en 1850. Y desde entonces ha venido ayudando de manera prodigiosa a sus religiosas que se han extendido por muchos países.

La Comunidad de Carmelitas de la Caridad tiene ahora 290 casas en el mundo con 2,724 religiosas. 40,079 niñas son educadas en sus colegios y 4,443 personas soln atendidas en sus hospitales.

Fue declarada santa por el Papa Juan XXIII en 1959 (siendo ella la primera persona que canonizó este Pontífice).

Santa Joaquina: sin hacer milagros en vida, y siendo una sencilla madre de familia, una esposa afectuosa, y una mujer que tuvo que sufrir mucho en la tierra, y que dedicó sus grandes energías en ayudar a los necesitados, sea para nosotros un modelo para imitar, y una poderosa protectora que ruegue por nuestra santificación y la salvación. Que Dios nos mande muchas santas como ésta, muchas Joaquinas más.

La orden carmelita la recuerda el 22 de mayo.

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Fuente: CPALSJ.org
Edmundo Arrowsmith, Santo Presbítero y Mártir, 28 de agosto  

Edmundo Arrowsmith, Santo

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Lancaster, Inglaterra, san Edmundo Arrowsmith, presbítero de la Compañía de Jesús y mártir, oriundo del mismo ducado, que, después de pasar muchos años entregado al cuidado pastoral en su patria, por ser sacerdote y haber llevado a muchos a la fe católica, con la oposición de los mismos protestantes del lugar, murió en la horca durante el reinado de Carlos I (1628).

Fecha de canonización: El 25 de octubre de 1970, el papa Pablo VI, en Roma, canonizó solemnemente a
cuarenta mártires de Inglaterra y Gales. De ellos, diez pertenecen a la Compañía de Jesús, veinticuatro al clero diocesano, tres laicos y tres son mujeres. Entre los jesuitas, figura San Edmundo Arrowsmith.

 

Edmundo nace en Haydock, cerca de St. Helens, en Inglaterra, el año 1585. En el bautismo católico recibe el nombre de Brian.

A los 20 años, pasa al continente y se inscribe en el célebre Colegio Inglés de Douai, fundado por Sir William Allen para formar a los sacerdotes que necesita Inglaterra.

En el día de la Confirmación, él mismo agrega a su nombre bautismal el de Edmundo, en honor y recuerdo de San Edmundo Campion, el primero de los mártires ingleses de la Compañía de Jesús.

En el Colegio de Douai, es un buen estudiante y recibe el grado en Arte y Divinidad. Esto lo prepara para un mejor trabajo sacerdotal en la patria. Es ordenado en la ciudad de Arrás, Francia, en diciembre de 1612.

Al año siguiente, es destinado a Inglaterra. Ejercita el ministerio apostólico en Lancaster y en toda la zona ubicada en sus alrededores: Salmesbury, Brindle, Clayton Green y Blackburn.

Usa el nombre de Rigby como seudónimo. Sin embargo, por sospechas, es llevado a los tribunales y sufre en la cárcel. Es obligado a tener una discusión teológica con John Bridgeman, el obispo de Chester. Con valentía y erudición, defiende la religión católica y la autoridad de la Santa Sede. Logra ocultar, eso sí, su sacerdocio.

Una vez en libertad, completa su discernimiento vocacional iniciado en el continente. Ingresa a la Compañía de Jesús, en 1624. Hace el noviciado en Clerkenwell, Inglaterra.

Después de la controversia con el obispo de Chester, los superiores de la Compañía de Jesús toman conciencia del peligro que puede presentarse. Es cierto, su calidad de sacerdote no es conocida, pero deciden que debe permanecer en un segundo y oculto plano. Su apostolado es serio, pero debe ejercitarlo con extremada prudencia.

Prisión y Muerte

¡Qué tonto soy!, se dijo el P. Edmundo, sentado en su prisión. Confío demasiado en las personas. ¿Cuándo voy a aprender a desconfiar?

Y apoyado en el marco de la ventana, contempla el cielo de esa calurosa noche de agosto. Un incidente muy desgraciado lo ha hecho caer en la cárcel.

Él iba a caballo con su pariente, Mr. Holden, el ahora ministro anglicano. Había estado con él, unos días, como su huésped en el castillo de Walton. Los dos se conocían bien, desde los años en que Holden era católico. Este le había consultado, como a sacerdote, acerca de su proyectado matrimonio con su sobrina. Edmundo, por supuesto, le había señalado los impedimentos canónicos de la Iglesia. Eso era todo. Es cierto, Mr. Holden no había querido escuchar. Pero Edmundo no creía haberse ganado un enemigo.

En el castillo de Walton, la madre de Mr. Holden había sido descortés. Edmundo lo atribuye ahora a que ella hizo causa común con su hijo. Pero jamás pensó que ambos podrían denunciarlo al juez de paz, pasando por encima de las normas ancestrales de la hospitalidad y del parentesco.

Durante un buen rato, Edmundo permanece inclinado apretando su frente en la ventana. Siente una profunda pena por Mr. Holden. Después, se endereza y repasa, una vez más, el momento de la detención.

Los dos iban a caballo. El, con sus libros y ropa en las alforjas y el bastón de paseo en la mano. Mr. Holden, con gallardía y fuerza, en un vigoroso animal. A Edmundo le extrañó que nada hiciera cuando llegó el policía armado. Nada hizo Mr. Holden. Él podía hacerlo, porque era el señor del castillo y, además, un ministro de la Iglesia protestante.

Mr. Holden aceptó que se acusara a Edmundo de no querer pronunciar el Juramento de Supremacía y el Juramento de Fidelidad. Nada dijo Mr. Holden cuando el policía afirmó que el juez de paz de Lancaster tenía la sospecha de que Edmundo era sacerdote y además jesuita.
Edmundo decide escribir una carta a sus amigos jesuitas. Es su obligación y ha tenido mucho tiempo para orar.

Anota en paz sus pensamientos: "Todo ha contribuido a mi aprehensión, y esto me hace pensar y discernir que hay en ella algo más que una ordinaria providencia del Señor".

Es cierto, lo ha pensado muchas veces. El rey Carlos tiene aversión a derramar sangre por causas religiosas. Pero sabe también que el monarca es débil e incapaz de contener a sus ministros. Edmundo no siente miedo y decide prepararse para la muerte.

En la cárcel, Edmundo se entrega al trabajo que sabe hacer. Con paciencia y caridad, recuerda a los presos los deberes cristianos. Entre sus compañeros de prisión hay católicos y anglicanos. Las palabras de Edmundo hacen amigos. Explica el Evangelio con tanto fervor, que un prisionero se convierte. Más tarde lo seguirá en la muerte.

Ante el tribunal

El 26 de agosto de 1628, Edmundo recibe la orden de comparecer ante el tribunal. El Juez, Sir Henry Yelverton, ha llegado a la ciudad de Lancaster y tiene prisa. Edmundo solamente dice: "Que se haga la voluntad de Dios".

En los días anteriores Edmundo ha pensado mucho. No se cree digno del martirio. Pero sabe que el Señor quiere de él un testimonio muy valiente.

¿Será capaz de darlo? Ha pedido mucha fuerza para no ser cobarde. No debe defraudar a los católicos que creen en él. Pero debe ser inteligente. Sus respuestas serán sinceras. No debe exponer a nadie. La prudencia, que tantas veces le ha aconsejado la Compañía de Jesús, debe tenerla siempre presente.

Ante el jurado, el Juez inicia el interrogatorio: ¿Es Ud. sacerdote?

Edmundo hace el signo de la cruz y contesta con extrema prudencia: "Yo quisiera que Dios me considerara digno".

No está afirmando nada. No está mintiendo. Edmundo se admira de haber sido prudente.

El Juez, molesto, nuevamente repite la pregunta. Esta vez, Edmundo con voz más firme dice: "Yo quisiera serlo".

El Juez, de inmediato, acota: "Sí, señor. Aunque Ud. no lo afirme, está diciendo que desea ser un traidor".

Edmundo se calla y piensa que ha hablado más de la cuenta. Recuerda, una vez más, que la Compañía de Jesús le ha pedido ser prudente.

El Juez, entonces, decide cambiar de método. Le pregunta si es laico. Edmundo guarda silencio, sorprendido por la astucia del magistrado. No contesta, porque no quiere mentir.

Entonces el Juez, dejando a un lado su papel neutral, se dirige al jurado: "Uds. pueden ver fácilmente que el prisionero es sacerdote. Yo les aseguro que él no podrá negar su condición, ante ningún tribunal de Inglaterra".

Edmundo repasa, entonces, todas las instrucciones que ha recibido de parte de la Iglesia y de la Compañía. En la persecución, los sacerdotes jamás deben afirmar que han sido ordenados. El guardar silencio no es mentir. Esto es necesario porque existe el peligro de comprometer a los católicos que los han protegido. Por lo demás, los sacerdotes no están obligados a ser sus propios acusadores. Conforme a la ley, el cargo debe ser probado por la justicia y no debe ser tomada en cuenta la confesión propia. Si no hay pruebas, la Justicia debe considerar al prisionero como inocente.

Pero el derecho no se da en el juicio de Edmundo. El señor Leigh, el clérigo que actúa en el doble papel de pastor y Juez de paz, toma la palabra. Se dirige al tribunal y da comienzo a un discurso lleno de injurias.

Edmundo se sorprende, porque apenas ha visto alguna vez al señor Leigh. Este afirma que Edmundo es un seductor y, si no se tiene buen cuidado de él, bien podría hacer papista a media ciudad de Lancaster. Entretanto, Edmundo piensa su respuesta. Le gustaría ser tan buen sacerdote como dice el señor Leigh.

Con modestia, Edmundo insinúa que se le podría dar permiso para defender su fe en una discusión. Él indica que, con la gracia de Dios, podría vencer a su oponente. El Juez rechaza la petición. Entonces Edmundo parece perder la prudencia, tantas veces meditada. Con vigor, afirma que él es capaz de defender su fe, no sólo con la palabra sino también sellarla con su sangre.

El Juez se enfurece. Pierde toda compostura y grita con todas sus fuerzas: "Sí, señor, Ud. la sellará con su propia sangre".

Y fuera de control, el Juez jura, por todo lo que considera más sagrado, que no se irá de Lancaster antes de la ejecución de Edmundo y sin ver, con sus propios ojos, que sus huesos sean quemados. De una manera furiosa, repite su amenaza varias veces: "Sí, Ud. va a morir".

Apenas puede, Edmundo contesta, esta vez con más calma: "Sí, mi Lord, pero Ud. también va a morir algún día".

Con verdadera exasperación, el Juez ordena a Edmundo que conteste directamente cómo puede justificar el que haya podido ir al continente y recibir la ordenación sacerdotal en desobediencia a las leyes del reino.

A esto, Edmundo, con toda paz, da su respuesta: "Si alguien quiere legalmente acusarme, estoy pronto a contestar". Él sabe que el Juez está consciente de que no hay pruebas suficientes. El tribunal tiene indicios, pero no evidencias.

Al fin, el Juez declara, con firmeza, que Edmundo es sacerdote y jesuita. Así lo dice al jurado que escucha atentamente. La evidencia estaría en la carta de Mr. Holden y su madre, quienes lo acusan de ser un hombre religioso convencido.

El Juez señala los crímenes: haber celebrado misa y estar consagrado con votos religiosos. Y como testigo, hace comparecer a un muchacho de doce años, hijo del juez de paz de Lancaster que detuvo a Edmundo.

Sin pronunciar el juramento prescrito, el niño afirma que Edmundo quiso convertirlo a la fe católica. El detenido habría dicho que la fe actual de Inglaterra es herejía y que tuvo comienzos en los tiempos de Lutero. Todo esto lo habría dicho Edmundo, contra los deseos expresos del muchacho.

La defensa de Edmundo

Cuando Edmundo oye la acusación, solicita ser escuchado. Es su derecho. El Juez le permite hablar.

"Mi Lord, yo estaba en el camino, cuando un hombre me atacó desde la ladera y me amenazó con una espada. Él estaba armado y montado en su caballo. Yo hice lo que pude por defenderme, pero siendo débil y enfermo, él me hizo caer a tierra. Dejé mi caballo y huí con toda la prisa que pude. No me sirvió de mucho, porque yo iba vestido con ropas pesadas y portaba libros y otras cosas. Al fin él me alcanzó junto a una zanja sucia. Se arrojó sobre mí. Yo no tenía cómo defenderme. Solamente llevaba mi pequeño bastón y una espada que no saqué de la vaina. De un tirón él arrancó el bastón que estaba atado a mi muñeca y me hizo una herida. Yo entonces le pregunté si su propósito era tomar mi bolsa o mi vida. Él me contestó con evasivas.

De nuevo huí, pero muy pronto fui detenido. Entonces llegaron este hombre, el juez de paz, el que ha ofrecido dar evidencias en contra mía, y también otros que lo ayudaron. Me trataron muy mal y me llevaron primero a una posada. Tocaron mi cuerpo y me ofrecieron hacer cosas indignas que el pudor me impide relatar. Yo resistí con todas mis fuerzas. Después ellos fueron a beber. Gastaron, en una hora, nueve chelines de mi dinero. Me dijeron que la Justicia, con cuya autorización yo había sido apresado, eran ellos. Pero yo fui incapaz de creerles.

En esa ocasión, mis Lores, yo consideré falsas la conducta y la violencia de este hombre. Yo le supliqué por el amor de Jesucristo que ordenara su vida, pues bebiendo y hablando disolutamente, ofendía al Dios todopoderoso. Sobre mi palabra y sobre mi vida, esto es todo lo que yo le dije. Déjenlo venir aquí y que en mi presencia me contradiga si es capaz de hacerlo. En cuanto al niño, yo no niego que haya hablado con él. Le manifesté mi esperanza de que en sus años adultos él pudiera mirar en su interior y llegar a ser un buen católico, pues esto solamente puede salvar el alma. A mis palabras, él no dio respuesta. Yo estoy seguro, mis Lores, de que ellos, y cualquier otro, no pueden probar algo torcido en mi contra".

Después de oír la declaración de Edmundo, el Juez de la Corte da comienzo a una amarga invectiva. Trata al detenido como a peligroso seductor y formalmente declara que no se le hará ningún favor.

Por el contrario, afirma que si el tribunal concediera en este caso la libertad, la Justicia temería más bien estar haciendo un verdadero daño al acusado. Ante estas increíbles palabras, Edmundo no puede hacer otra cosa que sonreír.

El Juez continúa: "Nosotros tenemos el cometido de mirar por los prisioneros y protegerlos con el alcance que permite la ley. Pero reprobamos a este descarado, pues él no conoce otra mejor manera de comportarse sino la de despreciar y reírse de los que estamos aquí en lugar del rey".

El P. Edmundo, sin mucha prudencia, le suplica que no cambie esa opinión sobre él. Pero de inmediato, se arrodilla y eleva una oración pidiendo por el rey, por el tribunal y por todos sus miembros. Ruega para que Dios, en su misericordia, aleje la herejía y los haga a todos vivir en la misma fe.

"Miren Uds., señores del jurado", dice el Juez de la Corte. "Este hombre desea que Dios nos confunda y arranque la herejía. Con esto se está refiriendo a nuestra religión".

El veredicto y la sentencia

El jurado se retira entonces a deliberar, y el prisionero es nuevamente enviado a la cárcel en espera de la sentencia.

Impresionado por el Juez, el jurado logra muy pronto un acuerdo y solicita que Edmundo regrese para oír su veredicto. Cuando el jurado pronuncia la declaración de culpabilidad, el Juez se sienta muy tranquilo en la cátedra.

Según la costumbre, éste pregunta al prisionero si tiene algo que decir en su defensa y cuál podría ser el argumento que lo excluyera de morir conforme a la ley. Esta vez, Edmundo no contesta la pregunta.

Entonces el Juez, después de deliberar con su colega, pronuncia la sentencia.

"Ud. irá, desde aquí, a la cárcel de donde vino. Desde ahí Ud. será conducido al sitio de la ejecución, en una rastra de cañas. Allí será colgado por el cuello hasta que esté medio muerto. Sus miembros serán cortados ante sus ojos y echados al fuego, donde también serán quemadas sus entrañas. Su cabeza será cortada y colocada en una estaca. Su cuerpo será dividido en cuatro partes y cada cuarto quedará expuesto en cada una de las esquinas del castillo. Y Dios tenga piedad de Ud.".

Edmundo, lejos de conmoverse por la atroz injusticia de la sentencia, inclina la cabeza. Reza un momento, adorando a Dios, y pide con toda el alma la bendición del Señor.

Después de la oración, Edmundo muestra una cara alegre y en voz alta dice: "Deo gratias". Inmediatamente traduce las palabras latinas al inglés: "A Dios le doy las gracias".

En espera de ejecutar la sentencia, el Juez agrega una crueldad adicional. El carcelero recibe, de él, órdenes especiales.

Edmundo debe permanecer encadenado. Además, el Juez exige que el prisionero quede en un calabozo sin luz. Cuando el carcelero indica que un lugar así no existe en la prisión, el magistrado ordena que Edmundo sea colocado en el peor sitio disponible.

Después de ser encadenado, Edmundo recita, con una voz bastante fuerte, el salmo Miserere, ofreciéndose a Dios y rogando ser recibido en el número de los elegidos. Fue confinado en un pequeño lugar y de poca luz. Allí él no puede tenderse. Solamente puede sentarse en un pequeño piso que el carcelero tiene la amabilidad de entregarle, porque lo ve muy débil.

La noticia de la condenación conmueve a todos los compañeros de prisión, entre los cuales hay muchos malhechores. Reprueban la crueldad del Juez, convencidos de la inocencia de Edmundo. Este es vigilado día y noche por tres o cuatro hombres. A nadie le está permitido tener acceso a él, según las órdenes de Juez.

La ejecución

La conducta de los ciudadanos de Lancaster es admirable. Para demostrar que se detesta el crimen, nadie se deja convencer para ejercer el papel de verdugo.

Un carnicero obliga a su ayudante a reemplazarlo por cinco libras esterlinas. El sirviente, cuando conoce el contrato que ha hecho su patrón, huye y no se sabe más de él. Ningún prisionero de la cárcel quiere salvar la propia vida a cambio de ese acto injusto.

Finalmente un desertor, que tiene pena de muerte, se ofrece para ejecutar la sentencia, por cuarenta chelines, la ropa del prisionero y su propia libertad. Este es rechazado por la buena gente de Lancaster, de tal manera que nadie presta a ese verdugo el hacha que necesita.

Es necesario anotar que este pobre hombre, después de ejecutar la sentencia, fue llevado nuevamente a la cárcel, a pesar de que se le había prometido la libertad. Allí los prisioneros quisieron cobrar venganza contra él. Tuvo que ser protegido de una manera muy especial. Algún tiempo después, fue dejado en libertad con las ropas del mártir: el premio de su servicio.

El día jueves 28 de agosto, se comunicó a Edmundo que debía morir dentro de cuatro horas.

Edmundo recibe la noticia con mucha calma y solamente dice: "Suplico a mi Redentor que me haga digno". El Juez desea, entonces, frustrar al pueblo, que podría edificarse con la vista del martirio. Propone ejecutar a Edmundo en las primeras horas de la mañana. Pero se atrasan las cosas necesarias para la ejecución. Entonces el Juez decide que se haga a la hora del almuerzo, con la esperanza de que la gente esté en sus casas.

La curiosidad del pueblo, o la confianza que tienen los católicos en su virtud, o tal vez la esperanza de los protestantes de verlo vacilar, hacen que una inmensa multitud se congregue en el lugar de la ejecución.

En la plaza de Lancaster hay gente de toda edad, sexo o religión, que espera la última escena de esa tremenda tragedia.

Cuando el P. Edmundo Arrowsmith es conducido a través del patio de la prisión, el venerable y digno sacerdote
John Southworth lo acompaña desde la ventana de su celda. También él ha sido condenado, por su sacerdocio, y espera la ejecución. Será canonizado el mismo día que Edmundo.

El P. Arrowsmith lo divisa, le hace señas, con el gesto acordado para pedir la absolución. El P. John Southworth lo absuelve a la vista de todo el pueblo, y Edmundo se siente feliz. Un joven católico que es testigo no puede contenerse. Se abre paso, abraza fuertemente a Edmundo y besa sus manos con verdadera devoción. El capitán da orden de separar, por la fuerza, a ese católico.

Edmundo es entonces atado en la rastra de cañas, con la cabeza dirigida a la cola de los caballos como signo de mayor afrenta.

Es arrastrado a través de las calles hacia el patíbulo ubicado a unos quinientos metros de la cárcel. A ninguno de sus amigos le es permitido acercarse. Todos son mantenidos alejados por los hombres del capitán y sus lanceros.

El verdugo va delante de los caballos y la rastra, con un estandarte negro en la mano; mientras que Edmundo, atado, tiene dos papeles en los que, con el título de "Las dos llaves que abren el cielo", ha escrito un acto de amor a Dios y otro de contrición. Hasta en el camino hacia la muerte desea predicar la fe.

Cuando llegan al lugar de la ejecución, Mr. Leigh, el clérigo cojo y también juez de paz, le muestra a Arrowsmith el caldero hirviente y el enorme fuego, y le dice:

"Mira lo que se ha preparado para tu muerte. ¿Te resignarás a ella, o te dejarás llevar por la misericordia del rey?

Edmundo sonríe al tentador y le dice: "Buen señor, no se moleste en tentarme. La misericordia que yo espero está en el cielo por la pasión y la muerte de Jesucristo. Yo humildemente a Él le suplico me haga digno de esta muerte".

Oración ante la muerte

Entonces, es arrastrado al pie de la escalera. Cuando lo desatan, él se arrodilla y reza por un largo cuarto de hora.

"Yo, con libertad y aceptación, te ofrezco, dulce Jesús, mi muerte en satisfacción de mis ofensas. Deseo que esta pobre sangre mía sea un sacrificio por mis pecados".

Aquí lo interrumpe un clérigo protestante afirmando que Edmundo dice blasfemias. Este lo refuta con muy pocas palabras y con gran paciencia.

Después continúa: "Jesús, mi vida y mi gloria, alegremente te devuelvo la vida que recibí. Es una gracia tuya el que yo pueda devolverla. Yo siempre he deseado, Señor, entregarte mi vida. La pérdida de ella, por tu causa, es ganancia; el conservarla, sin Ti, es mi ruina.

Yo muero por tu amor, por nuestra Fe. Muero por sostener la autoridad de tu Vicario en la tierra, el sucesor de Pedro, cabeza verdadera de la Iglesia que Tú fundaste y estableciste. Mis pecados, Señor, fueron la causa de tu muerte. En la mía, yo sólo te deseo a Ti, que eres verdadera vida. Permíteme, Jesús, por tu misericordia, que yo me libre de estar sin Ti. La vida no sirve para nada si Tú no estás. Dame, Jesús, constancia en el último momento. No me dejes vivir un instante sin Ti; pues ya que eres la verdadera vida, yo no puedo vivir a no ser que Tú vivas en mí. Cuando pienso que te he ofendido, sufro por haber perdido la vida. Oh Vida, te he ofendido tanto. Sin embargo, con verdadero dolor me entrego a Ti. Te pido, con todo el corazón, que olvides mis pecados. Dame la oportunidad de entregarme en tus manos".

Varias veces lo interrumpen. Pero él continúa, inconmovible. Al fin, el capitán le ordena terminar.

Edmundo obedece. Se levanta y dice: "Que se haga lo que Dios quiera". Besa la escalera y empieza a caminar con valor y envidiable firmeza. Al subir los escalones, suplica a los católicos que unan sus oraciones para que él pueda tener la gracia necesaria en el último momento. Mr. Leigh, clérigo y juez de paz, le indica, falsamente, que no hay católicos presentes, pero que él dirá las oraciones. Edmundo le contesta: "Señor, no busco sus plegarias y tampoco debo rezar con Ud. Yo no puedo participar con su fe. Si es verdad, como Ud. dice, que aquí no hay católicos, yo deseo morir muchas muertes para que todos lo sean".

Terminado este diálogo, Edmundo reza por Inglaterra y por el rey. Perdona a sus perseguidores y, humildemente, les pide perdón por si en algo los hubiere ofendido.

Entonces el verdugo le pone la soga al cuello. Edmundo está preparado. Sin embargo, en ese supremo momento, Mr. Leigh, clérigo y juez, se atreve a decir: "Le suplico, señor. Acepte la merced del rey. Preste el juramento de supremacía. Buen señor, acepte su vida. Yo deseo que Ud. viva. Aquí ha venido un emisario de parte del Rey, que ha venido para ofrecer este favor. Ud. puede vivir, señor, si acepta la religión protestante".

Edmundo suavemente mueve su cabeza. Con firmeza responde: Oh señor, estoy muy lejos de todo eso. Por favor, no continúe. Soy un moribundo. Yo no haré lo que Ud. me propone, en ningún caso y bajo ninguna condición. Llegará un día en el que, lejos de arrepentirse por el retorno a la Iglesia católica, Uds. se sentirán felices de haber ganado la paz".

Entonces, un grupo de clérigos protestantes comienza a gritar: "Basta. No más sermones. Terminen con él".

Edmundo se recoge un instante. Cierra los ojos, sus labios pronuncian el nombre de Jesús. Retiran la escalera, y Edmundo queda suspendido en el aire.

El resto de la cruel sentencia es ejecutado inmediatamente.

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Fuente: /www.comune.sarsina.fo.it
Vicinio de Sarsina, Santo Obispo, 28 de agosto  

Vicinio de Sarsina, Santo

Obispo

Martirologio Romano: En Sarsina, de la Romagnola, san Vicinio, primer obispo de esta ciudad (s. IV/V).

 

Hacia finales del III siglo y el comienzo del IV , con las persecuciones de Diocleciano, Vicinio salió desde Liguria y llegó a la ciudad de Sarsina donde lo ordenaron obispo.
Rigió la diócesis de Sarsina durante 27 años y 3 meses. Poesía y leyenda adornan la biografía del primer obispo: en Musella, una localidad a 10 km de Sarsina, el anacoreta vivía rezando cuando la iglesia de Sarsina se iluminó. Dos ángeles blancos, llevando en la mano la ínfula episcopal, lo llamaron a ser obispo.

El funeral del Santo fue también extraordinario: según la leyenda, una altísima encina se inclinó reverente al pasar del carro funebre y los dos becerros que tiraban del carro, por el dolor, se echaron en el agua tumultuosa del Savio.

Sin embargo, los prodigios, que llamaron y siguen llamando a una multitud de peregrinos, continuan a exaltar la fama taumatúrgica de San Vicinio, dispensador de gracia y curandero de endemoniados.

Elemento fundamental de este culto ultramilenario es la así-llamada "cadena", una especie de collar de hierro que habría sido el incómodo cilicio de San Vicinio (que rezaba encorvado con una pesada piedra atada a la cadena) y que, desde hace siglos, es puesto al cuello de los creyentes.

Para mayor información acerca de la vida de San Vicinio y del culto a este santo, visiten el sitio internet del
Santuario (en italiano).

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Fuente: misa_tridentina.t35.com
Alejandro de Constantinopla, Santo Obispo, 28 de agosto  

Alejandro de Constantinopla, Santo

Obispo

Martirologio Romano: En Constantinopla, san Alejandro, obispo, cuyas apostólicas súplicas, según escribe san Gregorio Nazianceno, lograron vencer al jefe de la herejía arriana (c. 336).

 

Alejandro contaba ya con setenta y tres años cuando fue elegido obispo de Constantinopla. Ejerció ese cargo durante doce años, en los días turbulentos de Arrio el hereje.

Poco después de su elección, el emperador Constantino organizó una reunión de teólogos cristianos y filósofos paganos: pero, como todos los filósofos quisiesen hablar al mismo tiempo, la reunión se convirtió en una desorden. Entonces, San Alejandro les aconsejó que eligiesen a los más autorizados de entre ellos para exponer su doctrina. Cuando uno de los oradores estaba en la tribuna, el santo exclamó: "En el nombre de Jesucristo, te mando que te calles". Según se dice, el pobre filósofo perdió el habla hasta que San Alejandro se la devolvió. Este prodigio impresionó más a los filósofos que todos los argumentos de los cristianos.

El año 336, Arrio entró triunfalmente en Constantinopla. Llevaba una orden del emperador para que San Alejandro le admitiese a la comunión. Se cuenta que el santo patriarca se encerró entonces en la iglesia a orar, junto con San Jacobo de Nísibis, para que Dios lo ilumine en el momento en que aquel hereje se aproxime a comulgar. Como quiera que haya sido, la víspera de la recepción de Arrio en la iglesia, el heresiarca falleció repentinamente. Los cristianos vieron en ello una intervención divina debida a las oraciones de San Alejandro.

El Santo Murió en paz alrededor del año 340.

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Fuentes: IESVS.org; EWTN.com; hablarcondios.org, Catholic.net, misalpalm.com

 

Mensajes anteriores en: http://iesvs-org.blogspot.com/

 

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